viernes, 11 de junio de 2010

El Canto De La Vida…



Siempre fui un hombre de pocas palabras, pero no se porque ese atardecer de agosto quise hablar de mi, de esas pequeñeces que pasan en nuestra infancia y después se convierten en instantes que nunca podemos olvidar.
Yo crecí con mis tíos una pareja que contaba con unos cuarenta años, al momento de aceptarme en su familia con un hijo pequeño. El era italiano de la región del sur, un hombre que hacia culto de la simplicidad y aunque jamás había querido regresar a su ciudad natal, todavía conservaba cierta nostalgia por el lugar donde naciera, pero como todo ser humano luchaba para desterrar sus contradicciones. Era alto y delgado, con una frente ancha y prominente, de cabello muy fino siempre corto y peinado hacia tras; ojos azules y una perfecta sonrisa de dientes alineados y blancos. Pocas veces recuerdo haberlo visto vestido casualmente, siempre llevaba puesto sus trajes, en toda la gama de los azules con rayas grises y blancas que eran sus preferidos, sus camisas de seda y corbata al tono; elegía nada que no fuera formal a sus pies, es decir zapatos negros y de punta recta, mejor si brillaban mas que un espejo; tal vez su buena presencia y don de gentes, mas su titulo de Farmacéutico y un Master en economía le habían ofrendado la posibilidad de trabajar en una inmensa empresa – laboratorio en la Ciudad de Mar del Plata, que con los años se convertiría en su gerente. Es que su aspecto difería de cualquier persona común, un hombre sofisticado, culto, exageradamente cuidadoso en sus modales y que a la vez no escatimaba en acentuar todo ello con un buen humor tan a la deriva y a contramano que en seguida su porte de caballero le daba paso a la del inmigrante devenido extrañamente en porteño, pues amaba tanto a Buenos Aires, que casi exageraba sus arrebatos para hablar de la ciudad, de sus cafetines, de sus teatros, del puerto, de sus poetas. Jamás salía de casa a la mañana sin haber desayunado su café negro y una tostada, sin leer por lo menos tres de los diarios más importantes, como si de ello dependiera el resto del día. Creo que en ese tiempo él imponía el ritmo de la casa a mas allá de sus prolongadas ausencias, pues su esposa mi tía, Irma Licenciada en Historia apenas volvía de dictar sus horas de cátedra, se encerraba en su habitación y no aparecía por nada salvo por algún percance, involuntario. La cocina entonces le pertenecía a él, siempre fue así. En los fines de semana era una obligación estar allí para preparar las pastas al denté; él lo hacia todo desde la masa hasta la salsa muy naturalmente, y nosotros, mi primo Guille y yo, éramos sus ayudantes. Entonces la cocina se convertía bajo sus ordenes en una seguidilla de bromas interminables, usaba las zanahorias de bigotes o patillas, cambiaba el tono de su voz para hacernos reír imitando a comediantes de las series de televisión de ese entonces, a veces nos contaba historias de raros personajes que habitaban las cocinas, desde ratones y hormigas, que en su imaginación tenían nombre y apellido y todo un bagaje de aventuras. Conjeturar que nosotros apenas alcanzábamos la altura de la mesada esta de más y sin embargo respondíamos a sus órdenes de cortar las verduras, creo que ahí fuimos felices, el mundo no pesaba tanto y nos parecía que teníamos el cielo por delante.
Vivimos en diferentes barrios, Boedo, Palermo, y en los últimos años nos trasladamos a una hermosa casa que había comprado en Olivos, lugar que pudo adquirir tras recibir la herencia que le dejara su familia italiana, fue ahí cuando recién comencé a enterarme de quien era mi tío. Se decía que provenía de una familia de rico linaje, lo supe en seguida cuando entre los tantos bultos que le enviaran desde Italia, tras unos meses del fallecimiento de su madre, se desplegó ante mis ojos una estatua de una mujer bellísima, tamaño natural toda de plata con una base enorme de mármol de Carrara. Esta había sido una de sus más preciadas pertenencias y ella prefirió dejársela como un regalo personal a su hijo que no pudo ver antes de morir. Más tarde nos llegaría a oídos de que a más allá del dinero recibido, también hubo de heredar un departamento en una de las calles principales de Roma. Pero él como siempre viajo a Italia solo para dejar ese lugar con llave, pues jamás le dio importancia ni tampoco intento sacar provecho económico de ello y no aceptaba sugerencias sobre el mismo, eso le molestaba en suma cuando mi tía intentaba opinar sobre el destino de aquel lugar.
A veces y siendo yo un poco mas grande, se quedaba un rato mas a la mañana y entonces no solo compartíamos el desayuno, sino que me llevaba en su auto hasta el colegio, así se repetían las mañanas y así también logramos adentrarnos a nuestros propios mundos, sesgando la inútil desconfianza que se apoderaba de mi, él sorprendido por mi habilidad para escribir poesía a mis doce años, y yo boquiabierto porque con él dejaba de ser un chico prácticamente mudo y entonces charlábamos de igual a igual, de reyes y repollos y nos reíamos de cualquier cosa que nos daba la gana. Ese era nuestro ritual, que extrañamente él no había podido lograr con mi primo, que ahora estudiaba en el Liceo y que solo lo veía algunos fines de semana, pocas veces al año. Tenia un gran corazón, sentía en realidad mucha pena por la gente humilde y trataba de esforzarse para ayudarlos cuando podía a espaldas de mi tía por supuesto, porque ella odiaba esa faceta de su esposo que no hacia mas que criticarle su faltas, “la caridad comienza por casa”, le decía, cada vez que se enteraba de algunas de sus intervenciones. Pero era dura la piedra, si a través de su cargo en la empresa podía alcanzar a un sinfín de medicaciones ¿porque no iba después a dárselas a los que la necesitan? El mismo después las llevaba a los suburbios para las familias de las villas. En eso coincidíamos y yo me había convertido en su cómplice, a veces cuando hablábamos de las injusticias, le parecía que estas no deberían existir si cada cual se aceptara como es y desde su condición, desde su origen, o clase, salir a pelearla hasta ganar pero con trabajo, con disciplina, con orgullo de ser pobre pero llevar siempre en alto la frente. Y había mucha gente que a pesar de ello no le alcanzaba y él lo sabía. No era solo la sociedad la que nos imponía un estilo de vida consumista, sino que cada cual hacia suya esa consigna y eso no estaba bien, porque cada uno debe responder por lo que es y su tesoro y su poder es precisamente saber resistir los embates de la vida; porque el mundo esta forjado de esa manera —me decía— y yo claro que lo comprendía, podía ver en sus ojos la emoción, podía percibir que no le temía al destino, que su misión poseía en rasgos alguna verdad que estaba lejos de unos pocos; y que aun desde su posición privilegiada no se olvidaba de brindar su ayuda desinteresada porque creía, también pensaba que un ciudadano no es solo el que mora en un edificio, sino que tiene sobretodo obligaciones para con su prójimo. Yo creo que de mi tío aprendí los principios de la generosidad, a no ser avaro, a no guardar lo que a otro le podría servir. Pero no es esto lo que quería contarles, en realidad no se lo que hago hablando de esto que es mío y me cuesta decirlo. Como puede ser, me pregunto que aunque no queramos se viene de pronto la nostalgia, en estos días de invierno que se hacen tan propicios para no pensar en nada, para disfrutar de un café en la cama y nada mas, sentí que aquellos habían sido mis mejores años y que yo hasta ahora no podía darme cuenta.
No imagino en realidad cuantas veces mi tío se habrá demorado en llegar a su trabajo por mi culpa, cuantas veces habrá perdonado mis silencios y no imagino cuantas veces fue capaz de llorar pensando en mi, porque por ahí cuando salíamos a dar una vuelta en el coche que no era otra excusa para charlar, se le llenaban los ojos de lagrimas, cuando adolescente ya, le hablaba de mis recuerdos de niño y entonces miraba de costado la ventanilla y en seguida sacaba un pañuelo para limpiarse los ojos.
Su esposa que era la hermana de mi madre, siquiera jamás pudo demostrarme su afecto, no somos todos iguales por cierto, cada cual sabe hasta que punto puede esforzarse para crear sus armaduras invisibles y protegerse de sentir; en cambio él era un alma sin armaduras, ni escudo sin siquiera una ballesta, quizá porque había heredado esa sensibilidad de los tanos, capaces de llorar con la misma pasión picando cebolla que con una aria o una opera. De pequeño él me llevaba al teatro Colón, que no habremos visto y disfrutado si todo estaba allí. —mira, querido, ahí esta el mundo delante de tus ojos, en ese escenario se muere y se resucita, se canta y se llora, ahí esta la esperanza y la locura, la guerra y la paz todo lo que un hombre debe saber esta ahí al alcance de tu mano, delante de tus ojos, por eso quiero que nunca dejes de venir y recuerdes que un tío loco te hizo conocer este que es el canto de la vida, no lo olvides. —
Pero aun no es esto lo que me conmueve a escribir de mi pasado, había algo que de niño hacia siempre en las eternas tardes en que me quedaba solo en casa; mi juego preferido consistía en invadir su guardarropas y entonces allí dejaba salir mi espíritu creativo, usaba sus sombreros, y me media sus corbatas y sus trajes, aunque me quedaran enormes y me parecía que estaba dentro de una historia de espías y agentes secretos, miraba por el largavistas, que tenia para ir al hipódromo por la ventana y también sacaba y estudiaba todo tipo de objetos en su microscopio imaginando que ello me conduciría a dilucidar las pistas de lo que investigaba. En uno de esos días, en una de mis acostumbradas invasiones a su placard, descubrí un pequeño baúl que al abrirlo para mi sorpresa revelo una extraña colección de pipas que se convirtieron en mis obsesión, mas tarde supe que fue consiguiéndolas de sus viajes de joven por diferentes lugares del mundo, de cada rincón se traía una, eran un tesoro, había de todas formas y tamaños de todos los tipos, de todas las tonalidades de la madera, pintadas a mano y de colores chillones que uno pueda imaginarse, pero la joya mas preciada era una pipa de cristal macizo, que compro en Viena a un coleccionista itinerante. Nunca supe si era de adorno o podía usarse, pero fue fascinante el solo hecho de contemplarla; claro yo era solo un niño solitario que por todo atributo poseía su imaginación, entonces me inventaba todas las historias, quizá esa pipa había pertenecido a un maharajá de la india, a un zar, a un príncipe…
No se muy bien lo que pasa en medio de la vida que termina por separarnos, cuando mi tío enfermo gravemente, tras sufrir una embolia cerebral, y en los meses posteriores a su agonía, nosotros, mi primo y yo, nos hicimos adultos de repente; se sellaron todos los pasajes a esos sentimientos que nos hacían volar por el aire y todo poco a poco se fue disipando como detrás de una niebla que no nos dejo ver jamás lo que teníamos.
Hoy mientras caminaba por casualidad en la ciudad vi una pipa, color caoba en uno de eso pequeños anticuarios, enseguida quise comprarla y tras tenerla en mi mano, fue transportarme a ese entonces y se vinieron todos los recuerdos de repente como a caballo bajando las montañas de un sueño, mientras yo pensaba en lo increíble de la mente o del espíritu, que te devuelve en el día menos esperado eso que creíste olvidado y te revuelca en el piso de la nostalgia sin otra cosa mas que resignarte a la realidad; pero les juro me fui a un café y mientras cerraba los ojos me parecía que el tío se sentaba a mi lado con sus ojos vidriosos para escuchar mis poesías de aprendiz que debían dar dolor de estomago y sin embargo a él le emocionaban.
Ni se que paso el día que se fue, no tuve el valor para mirar dentro del ataúd, no pude, sentía que era demasiado para mi, sentía que había tanta maldad en el mundo y este tipo sin cumplir cincuenta ya se iba, se tomaba el subte a media tarde y yo no podía entenderlo, nunca lo entendí. Al poco tiempo mi primo se fue a vivir al sur, yo me fui al norte, mi tía se quedo sin él y sin nosotros y sin consuelo con una tienda inmensa de soledades. Pasaron otras cosas que ni vale la pena contarlas.
¿Que puedo decirles de la ausencia? solo que tengo muchas ganas de llorar, de dejar inconclusas las mañanas, de irme también de este ritual de querer triunfar a cualquier precio, cansado de las idas y venidas, de la gente falsa, del inútil egocentrismo de todo el mundo, cansado de mirarme en el espejo de las vanidades y mas cansado aun de escribir de lo que mas tarde olvido…







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