lunes, 9 de agosto de 2010

Emili Brontë. Amar a un fantasma...



Ella miro a su madre, por última vez en ese día tan igual a todos pero a la vez tan distinto porque nunca iba a poder olvidarlo. Alguien en brazos la había llevado hasta su cama, allí apenas había podido acariciar su bonito cabello y sus mejillas, mientras ella le obsequiaba un beso que le obligaba a sonreír. Era una niña, no podía saber de las despedidas. En seguida salio del cuarto en penumbras sin pensar en nada, a más de que en poco tiempo su madre estaría de pie. Tenía ganas de jugar con ella y como sabia que no iba a poder hacerlo, lo hizo en soledad. Una muñeca que le obedecía en las tareas que su imaginación llevaba por el tiempo y que a veces compartía con alguna de sus hermanas. Se sentía contenta haciendo invenciones con sus cosas y ese largo ensueño que parecía durar una eternidad no era más que el estado emocional de la vida de una niña que le parece que todo es perfecto y esta diseñado para ser feliz.
La despertaron sobresaltada sus hermanitas y la vistieron, ella solo atinaba a sonreír, después la llevaron al pórtico de la iglesia ¿Qué es lo que siente una niña, al perder a su madre? mucho tiempo después aun no lo podía responder, pero aunque era muy pequeña y aunque le costaba entender que significaba aquello, aun lidiaba con una imagen algo desdibujada de una enorme y larga camita de madera donde le decían iba su madre sostenida por las manos de unos hombres vestidos de negro que ella no podía saber quienes eran, ¿A dónde la llevaban?¿Donde quedaba ese lugar a donde ella no podía acompañarla? ¿Porque había decidido irse así acompañada de toda esa gente desconocida? y aunque se esforzaba por entender en los brazos de su padre, no podía. Ni menos cuando vio que la dejaban tras una larga caminata sobre la tierra de un bosquedal y mientras veía manos que de repente agitaban flores y bajo los velos oscuros de sus caras había sollozos y lágrimas, cada vez que alguien se acercaba a su padre y le abrazaba también a ella. Estaba callada y con un poco de desconcertante miedo.
Escuchaba lo que le decían a su padre, pero no sabia que querían decirle. Solo miraba cada uno de sus llamativos sombreros. Cuando no quedo nadie comenzaron a alejarse a paso lento de aquel lugar y ella buscaba mirar hacia atrás aferrada al cuello de su padre, quería ver, saber donde la había dejado a su mamá, ¿Porque no venia de su paseo a los bosques…? Y casi sin darse cuenta cuando giraban en una callecita, sus lagrimas caían de la desesperación muy lentamente…mientras agitaba sus brazos indicándole a su padre que se detuviera ¿Por qué ella, su madre había decidido refugiarse en ese bosque…?
Así fue que Emili creció un tanto en la espera y la tristeza. Sus hermanas se lo explicaron hasta el cansancio cuando amanecía y ella corría al cuarto donde encontraba antes a mamá, y ya no había nadie en ese frío lugar que ahora permanecía vacío. Ella seguía aguardando a su madre, no podía entender aquello todavía a pesar del tiempo. Tres años no son suficientes para deducir apenas nada, pero si era suficiente para amar como nadie puede amar, con la inocencia de quien todo lo cree, pero poco a poco notaba que la vida iba cambiando en su hogar desde aquel instante.
Después se iría junto a sus hermanas a un colegio donde no existía lugar para pensar, donde las frías y monótonas paredes del lugar hacían la salvedad de una prisión, ella se refugio en su mundo interior y hasta creyó posible no ser ella, sino otra, era como vivir en una casa de fantasmas y sus hermanas por protegerla no le daban razones para que se preocupara pero ella percibía que nada iba bien allí.
La muerte estaba agazapada, y no tardo un día en hacerse presente cuando ya no quedaba nada por hacer, sus hermanas mayores, Maria y Elizabeth estaban gravemente enfermas y cuando su padre fue a buscarlas para regresar a casa ya era demasiado tarde. Ahora si Emili, podía comprender cual era la puerta que te llevaba hacia la soledad, hacia la incomprensión de todas las cosas. La soledad solo podía ser como una hiedra que se seca sobre los muros estrangulándolo de amarillos torvos, mientras su casa se convertía en un desierto de silencios y sollozos.
Tenía solo siete años cuando acompaño a sus hermanas muertas al cementerio, el viento arreciaba como si también llorara desconsoladamente por ellas y ese sonido que aullaba entre los árboles, jamás podría sacárselo de la cabeza, ni de su corazón, por toda su vida.
Aunque había nacido en Yorkshire, no conocía más que ese pueblo Haworth, ese era su mundo y allí comenzaban a quedarse sus seres más amados. Volvieron a casa y en el anochecer ella y cada uno de sus hermanos Charlotte, Anne, y Branwell después de la oración acostumbrada se fueron a sus cuartos. Ella sentía tanto vacío en el centro de su pecho, como una caja de madera sin nada, al acostarse se acurrucaba a mas no poder, buscando protección, antes había visto a su hermano, taparse la cara ante sus lagrimas, presumía de ser ya todo un hombre y sin embargo era tan frágil, como un tallo de claveles, tras una noche de escarcha. Esa visión de su hermano llorando le angustiaba al punto de hacerle doler el estomago, claro, amaba a sus hermanas, pero él, Branwell era su preferido…
De ahí en mas el tiempo se detuvo para ellos, que sobre todo en los anocheceres compartían un mundo ficticio que los ayuda a olvidarse de la realidad, también ir a la iglesia era un desahogo donde su padre como Reverendo del lugar proclamaba los sermones, pero le parecía aunque le temía a su padre y a Dios que de alguna manera ese ser todopoderoso se había olvidado de ella, hacia muchísimo tiempo; pero claro no podía decírselo a nadie, ese era su secreto.
A los 20 años después de un breve tiempo de trabajo como institutriz, por orden de su padre, se inscribió para cursar estudios de diferentes ciencias junto a su hermana Charlotte en Bruselas donde vivían en la casa de una tía. Pero otra vez la muerte de ésta inesperadamente, les indicaría el regreso a su país y a su pueblo.
Al retornar seria la administradora del hogar de los Brontë y en sus ratos libres escribiría poesía ocultándolas a la mirada de sus hermanas. Apenas fueron unos pocos años de tranquilidad y se desencadenaría una nueva tragedia para su familia, su adorado hermano Branwell, no solo había perdido credibilidad como pintor, lo que él quiso ser desde siempre, sino que no lograba permanecer en ningún empleo por mucho tiempo. Sin trabajo y con la sombra de no haber podido superar la muerte de su madre y de sus hermanas y de un amor imposible con una mujer casada, se arrojara a la bebida y más adelante al opio para intentar olvidar el dolor de perderlo todo.
En los anocheceres salía de juergas y Emili lo esperaba a deshoras de la noche para así todo borracho y perdido arroparlo y llevarlo a su cama, así pasaron los años y solo la mantenía viva el hecho de escribir, sus poesías y desde hacia tiempo un esbozo de una novela donde dejaba traslucir sus sueños imposibles de enamorarse.
Fue de casualidad que su hermana Charlotte un día descubrió sus poesías y entonces le propuso que publicaran un libro juntas ya que ella y Anne, también habían esbozado una suerte de palabras al papel. Descubrieron que eso las mantendría unidas, y era extraño quizá pero cada una por su lado buscaba casi lo mismo.
Al momento de publicar tuvieron que replantearse muchas cosas, especialmente como sortear esos tiempos Victorianos donde una mujer no podía dedicarse a ese oficio que había sido exclusivo de los hombres. Pero era tanto el deseo que buscaron seudónimos, ella eligió a Ellis Bell, y sus hermanas a Currer y Acton Bell.
El libro de poesías al publicarse por supuesto fue un fracaso tan grande que no pudieron venderse mas que dos ejemplares sin embargo antes de que esto sucediera ya tenían decidido escribir una novela cada una, que fuese lo mas extraordinaria posible, era un reto y además un sueño. Solo un año le llevaría a Emili contar lo que le aprisionaba en el alma, Cumbres Borrascosas se publico entonces siempre usando su seudónimo, y aunque era solo un libro significaba lo mas importante de su vida, tanto que el no dormir de noche, ni el buen descanso, ni la buena alimentación ante sus remordimientos de ver a su hermano preferido hundirse irreparablemente, dejaría una amarga huella en sus escritos que se percibe aun hoy al leerlo. El libro seria nada más que otro nuevo fracaso, ni el público, ni la crítica de su época lo entendieron. Pero eso a ella ya no le importaba, que podía significar eso al lado de la muerte repentina aunque ya presentida, que termino por destruir su voluntad que estaba a punto de quebrarse hacia ya tiempo. Fue demasiado y no pudo soportarlo, en ese frío septiembre, ver a su adorado hermano, en un ataúd recubierto por todas las maldiciones del destino, no podía creer que ya no existía, que se había ido para siempre. Entonces todo el pasado se le vino encima como un manto de hielo que no la dejaba respirar y otra vez de nuevo sus ojos buscando a su madre en el mismo bosquedal del cementerio donde ahora quedaba así arrojado a la intemperie del viento absurdo y maligno su hermanito, mientras las tristes campanas de la iglesia golpeaban sin piedad en su corazón.
Volvió a revivir toda la tristeza de su pasado y cuando todos se fueron y ella quedo allí un rato más a los pies de la tumba. Le pareció en un instante al levantar su vista que detrás de un árbol añoso una mujer vestida de blanco le hacia señas, se quedo asombrada parecía tener el rostro de su madre, se le nublo el pensamiento en ese instante -es ella, pensó, es ella- y corrió por los senderos del cementerio como adentrándose hacia una estación de sombras, la mujer parecía retroceder por un oscuro sendero que ella siguió tropezándose por entre las viejas tumbas, hasta que su respiración exánime no la dejo continuar, Dios!! - no había nadie allí- se dijo a si misma. Huyo corriendo de ese lugar le parecía que estaba a punto de perder la razón, prometiendo que jamás volvería.
El refugio de su cuarto ya no podía contenerla, sentía ese viento ruin, e incansable soplar allí fuera, y no podía dormir…porque no podía soportar la realidad sin Bramwel al fin ya no le tenía temor a la muerte…hubiera dado cualquier cosa por acostarse a dormir y no despertar jamás.
Esa noche recordó la risa de Branwell cuando una tarde había decidido pintarla y como ella, al mirar la pintura había quedado fascinada con esa belleza que estaba en el lienzo- no se se si esa soy yo – le dijo ella - Así de bella eres para mi- le había dicho él- en un susurro al oído y ella había llorado de emoción tras verlo partir hacia la calle…
Pensó en que lo afortunada que hubiera sido, encontrar un hombre que tuviera esa misma sensibilidad, la de su hermano en esos años donde el arte era todo para él. Pero el amor verdadero no puede venderse, ni fingirse es o no es, ella podía escribirlo, narrarlo, sentirlo sin embargo jamás había llamado a su puerta, a mas de los casuales amores que cualquiera puede llegar a conocer, y que un día ya no están, porque en verdad nunca fueron importantes. Siempre ella con su temperamento desmedido buscaba algo más, siempre algo más, algo que le atrapara entre la pasión y el delirio, junto a esos sentimientos que a veces se escapaban de control… Fueron casi dos meses y medio, donde ya no tenia ganas ni siquiera de comer, hasta que ya no tuvo mas fuerzas, comenzaba a sentir de verdad el frío hasta en los huesos y allí en su cuarto que ahora era todo su mundo miro la ventana y como golpeaban en los cristales las ramas de uno de los árboles añosos del jardín como unos brazos de un mendigo que parecían suplicarle entrar y se durmió pensando en lo que había escrito no sabia ya si al final o al principio de su novela de ese fantasma atormentado que vuelve, que viene en la búsqueda, de quien se negaba a olvidarla, …los postigos golpeaban las paredes, por el viento …
Eso fue lo último que escucho en su vida, Emili Brontë, dejo de soñar, dejo de existir en ese fatídico 19 de diciembre de 1848. Apenas tenia 30 años pero su rostro ocultaba un gran pesar como si en los postrimeros días de su vida el peso de todas las angustias la hubiesen devorado – aseguran sus biógrafos- que entre visiones moribundas buscaba la imagen de un hombre que había añorado la amara así con esa pasión infinita con la cual ella misma hubo de describir a ese personaje endemoniado de sus fantasías el Sr. Heathcliff dueño de todo el resentimiento que puede existir en el alma de un hombre enamorado de una mujer imposible porque ha muerto…

viernes, 11 de junio de 2010

Sobre El Canto de La Vida, un cuento de Serggio D. Oros/ Reir entre lagrimas

Creo que a traves del tiempo, y de los años uno va comprendiendo la libertad creativa de ciertos autores, que nos hacen de alguna manera complices de sus escritos, esto me sucedio cuando lei, El Canto de La Vida, un cuento de Serggio D. Oros, de su libro Tren Hacia el Alma y Otros Cuentos. Mi modo como periodista de establecer un vinculo con la literatura desde siempre ha sido la objetividad, la rigurosidad, ya de la infomacion o de su fuente, y si es un relato, merece aun mas una confrontacion sensata y decidida de la tecnica y sus enlaces con el genero en cuestión. Logicamente, soy alguien que va hacia el escrutinio de las palabras, y desde luego juego con la desconfianza de creer que estoy haciendo bien las cosas, como para volverme sobre mis pasos y releer una y mil veces el texto en debate, intentando quitar los errores,que mi propia mirada de las cosas antepone a ese estudio minusioso si se quiere, corrigiendo los excesos, las malezas que me hagan perderme entre vanalidades, por eso quiza no supe de que asirme ante este muy bien logrado relato de un escritor que a su vez no parece serlo, que rehuye de los complejos de la metodologia, y se arroja a las aguas mas turbulentas del alma. Uno al compenetrarse en sus escritos le parece que puede ser cualquiera quien lo ha llevado a cabo, pero cuando se hace muy fino el camino y aparece el precipicio donde la vida deja sus huellas mas profundas es imposible no tener miedo, no temblar, no sentirse amenazado por los sucesos. Serggio, ha elegido quiza el mas complejo de los generos literarios a mi entender, los cuentos cortos, como una prueba a si mismo de su capacidad como creador y como artista, y creanme que sale mas que ileso de ese reto, que muy por el contrario a nosotros nos agarra con la guardia baja y nos hace tambalear hasta el punto de reir entre lagrimas.


Julio Amado Picenta de La Fuente
Periodista/ Escritor/Critico literario
Bs. As Mayo 2010

El Canto De La Vida…



Siempre fui un hombre de pocas palabras, pero no se porque ese atardecer de agosto quise hablar de mi, de esas pequeñeces que pasan en nuestra infancia y después se convierten en instantes que nunca podemos olvidar.
Yo crecí con mis tíos una pareja que contaba con unos cuarenta años, al momento de aceptarme en su familia con un hijo pequeño. El era italiano de la región del sur, un hombre que hacia culto de la simplicidad y aunque jamás había querido regresar a su ciudad natal, todavía conservaba cierta nostalgia por el lugar donde naciera, pero como todo ser humano luchaba para desterrar sus contradicciones. Era alto y delgado, con una frente ancha y prominente, de cabello muy fino siempre corto y peinado hacia tras; ojos azules y una perfecta sonrisa de dientes alineados y blancos. Pocas veces recuerdo haberlo visto vestido casualmente, siempre llevaba puesto sus trajes, en toda la gama de los azules con rayas grises y blancas que eran sus preferidos, sus camisas de seda y corbata al tono; elegía nada que no fuera formal a sus pies, es decir zapatos negros y de punta recta, mejor si brillaban mas que un espejo; tal vez su buena presencia y don de gentes, mas su titulo de Farmacéutico y un Master en economía le habían ofrendado la posibilidad de trabajar en una inmensa empresa – laboratorio en la Ciudad de Mar del Plata, que con los años se convertiría en su gerente. Es que su aspecto difería de cualquier persona común, un hombre sofisticado, culto, exageradamente cuidadoso en sus modales y que a la vez no escatimaba en acentuar todo ello con un buen humor tan a la deriva y a contramano que en seguida su porte de caballero le daba paso a la del inmigrante devenido extrañamente en porteño, pues amaba tanto a Buenos Aires, que casi exageraba sus arrebatos para hablar de la ciudad, de sus cafetines, de sus teatros, del puerto, de sus poetas. Jamás salía de casa a la mañana sin haber desayunado su café negro y una tostada, sin leer por lo menos tres de los diarios más importantes, como si de ello dependiera el resto del día. Creo que en ese tiempo él imponía el ritmo de la casa a mas allá de sus prolongadas ausencias, pues su esposa mi tía, Irma Licenciada en Historia apenas volvía de dictar sus horas de cátedra, se encerraba en su habitación y no aparecía por nada salvo por algún percance, involuntario. La cocina entonces le pertenecía a él, siempre fue así. En los fines de semana era una obligación estar allí para preparar las pastas al denté; él lo hacia todo desde la masa hasta la salsa muy naturalmente, y nosotros, mi primo Guille y yo, éramos sus ayudantes. Entonces la cocina se convertía bajo sus ordenes en una seguidilla de bromas interminables, usaba las zanahorias de bigotes o patillas, cambiaba el tono de su voz para hacernos reír imitando a comediantes de las series de televisión de ese entonces, a veces nos contaba historias de raros personajes que habitaban las cocinas, desde ratones y hormigas, que en su imaginación tenían nombre y apellido y todo un bagaje de aventuras. Conjeturar que nosotros apenas alcanzábamos la altura de la mesada esta de más y sin embargo respondíamos a sus órdenes de cortar las verduras, creo que ahí fuimos felices, el mundo no pesaba tanto y nos parecía que teníamos el cielo por delante.
Vivimos en diferentes barrios, Boedo, Palermo, y en los últimos años nos trasladamos a una hermosa casa que había comprado en Olivos, lugar que pudo adquirir tras recibir la herencia que le dejara su familia italiana, fue ahí cuando recién comencé a enterarme de quien era mi tío. Se decía que provenía de una familia de rico linaje, lo supe en seguida cuando entre los tantos bultos que le enviaran desde Italia, tras unos meses del fallecimiento de su madre, se desplegó ante mis ojos una estatua de una mujer bellísima, tamaño natural toda de plata con una base enorme de mármol de Carrara. Esta había sido una de sus más preciadas pertenencias y ella prefirió dejársela como un regalo personal a su hijo que no pudo ver antes de morir. Más tarde nos llegaría a oídos de que a más allá del dinero recibido, también hubo de heredar un departamento en una de las calles principales de Roma. Pero él como siempre viajo a Italia solo para dejar ese lugar con llave, pues jamás le dio importancia ni tampoco intento sacar provecho económico de ello y no aceptaba sugerencias sobre el mismo, eso le molestaba en suma cuando mi tía intentaba opinar sobre el destino de aquel lugar.
A veces y siendo yo un poco mas grande, se quedaba un rato mas a la mañana y entonces no solo compartíamos el desayuno, sino que me llevaba en su auto hasta el colegio, así se repetían las mañanas y así también logramos adentrarnos a nuestros propios mundos, sesgando la inútil desconfianza que se apoderaba de mi, él sorprendido por mi habilidad para escribir poesía a mis doce años, y yo boquiabierto porque con él dejaba de ser un chico prácticamente mudo y entonces charlábamos de igual a igual, de reyes y repollos y nos reíamos de cualquier cosa que nos daba la gana. Ese era nuestro ritual, que extrañamente él no había podido lograr con mi primo, que ahora estudiaba en el Liceo y que solo lo veía algunos fines de semana, pocas veces al año. Tenia un gran corazón, sentía en realidad mucha pena por la gente humilde y trataba de esforzarse para ayudarlos cuando podía a espaldas de mi tía por supuesto, porque ella odiaba esa faceta de su esposo que no hacia mas que criticarle su faltas, “la caridad comienza por casa”, le decía, cada vez que se enteraba de algunas de sus intervenciones. Pero era dura la piedra, si a través de su cargo en la empresa podía alcanzar a un sinfín de medicaciones ¿porque no iba después a dárselas a los que la necesitan? El mismo después las llevaba a los suburbios para las familias de las villas. En eso coincidíamos y yo me había convertido en su cómplice, a veces cuando hablábamos de las injusticias, le parecía que estas no deberían existir si cada cual se aceptara como es y desde su condición, desde su origen, o clase, salir a pelearla hasta ganar pero con trabajo, con disciplina, con orgullo de ser pobre pero llevar siempre en alto la frente. Y había mucha gente que a pesar de ello no le alcanzaba y él lo sabía. No era solo la sociedad la que nos imponía un estilo de vida consumista, sino que cada cual hacia suya esa consigna y eso no estaba bien, porque cada uno debe responder por lo que es y su tesoro y su poder es precisamente saber resistir los embates de la vida; porque el mundo esta forjado de esa manera —me decía— y yo claro que lo comprendía, podía ver en sus ojos la emoción, podía percibir que no le temía al destino, que su misión poseía en rasgos alguna verdad que estaba lejos de unos pocos; y que aun desde su posición privilegiada no se olvidaba de brindar su ayuda desinteresada porque creía, también pensaba que un ciudadano no es solo el que mora en un edificio, sino que tiene sobretodo obligaciones para con su prójimo. Yo creo que de mi tío aprendí los principios de la generosidad, a no ser avaro, a no guardar lo que a otro le podría servir. Pero no es esto lo que quería contarles, en realidad no se lo que hago hablando de esto que es mío y me cuesta decirlo. Como puede ser, me pregunto que aunque no queramos se viene de pronto la nostalgia, en estos días de invierno que se hacen tan propicios para no pensar en nada, para disfrutar de un café en la cama y nada mas, sentí que aquellos habían sido mis mejores años y que yo hasta ahora no podía darme cuenta.
No imagino en realidad cuantas veces mi tío se habrá demorado en llegar a su trabajo por mi culpa, cuantas veces habrá perdonado mis silencios y no imagino cuantas veces fue capaz de llorar pensando en mi, porque por ahí cuando salíamos a dar una vuelta en el coche que no era otra excusa para charlar, se le llenaban los ojos de lagrimas, cuando adolescente ya, le hablaba de mis recuerdos de niño y entonces miraba de costado la ventanilla y en seguida sacaba un pañuelo para limpiarse los ojos.
Su esposa que era la hermana de mi madre, siquiera jamás pudo demostrarme su afecto, no somos todos iguales por cierto, cada cual sabe hasta que punto puede esforzarse para crear sus armaduras invisibles y protegerse de sentir; en cambio él era un alma sin armaduras, ni escudo sin siquiera una ballesta, quizá porque había heredado esa sensibilidad de los tanos, capaces de llorar con la misma pasión picando cebolla que con una aria o una opera. De pequeño él me llevaba al teatro Colón, que no habremos visto y disfrutado si todo estaba allí. —mira, querido, ahí esta el mundo delante de tus ojos, en ese escenario se muere y se resucita, se canta y se llora, ahí esta la esperanza y la locura, la guerra y la paz todo lo que un hombre debe saber esta ahí al alcance de tu mano, delante de tus ojos, por eso quiero que nunca dejes de venir y recuerdes que un tío loco te hizo conocer este que es el canto de la vida, no lo olvides. —
Pero aun no es esto lo que me conmueve a escribir de mi pasado, había algo que de niño hacia siempre en las eternas tardes en que me quedaba solo en casa; mi juego preferido consistía en invadir su guardarropas y entonces allí dejaba salir mi espíritu creativo, usaba sus sombreros, y me media sus corbatas y sus trajes, aunque me quedaran enormes y me parecía que estaba dentro de una historia de espías y agentes secretos, miraba por el largavistas, que tenia para ir al hipódromo por la ventana y también sacaba y estudiaba todo tipo de objetos en su microscopio imaginando que ello me conduciría a dilucidar las pistas de lo que investigaba. En uno de esos días, en una de mis acostumbradas invasiones a su placard, descubrí un pequeño baúl que al abrirlo para mi sorpresa revelo una extraña colección de pipas que se convirtieron en mis obsesión, mas tarde supe que fue consiguiéndolas de sus viajes de joven por diferentes lugares del mundo, de cada rincón se traía una, eran un tesoro, había de todas formas y tamaños de todos los tipos, de todas las tonalidades de la madera, pintadas a mano y de colores chillones que uno pueda imaginarse, pero la joya mas preciada era una pipa de cristal macizo, que compro en Viena a un coleccionista itinerante. Nunca supe si era de adorno o podía usarse, pero fue fascinante el solo hecho de contemplarla; claro yo era solo un niño solitario que por todo atributo poseía su imaginación, entonces me inventaba todas las historias, quizá esa pipa había pertenecido a un maharajá de la india, a un zar, a un príncipe…
No se muy bien lo que pasa en medio de la vida que termina por separarnos, cuando mi tío enfermo gravemente, tras sufrir una embolia cerebral, y en los meses posteriores a su agonía, nosotros, mi primo y yo, nos hicimos adultos de repente; se sellaron todos los pasajes a esos sentimientos que nos hacían volar por el aire y todo poco a poco se fue disipando como detrás de una niebla que no nos dejo ver jamás lo que teníamos.
Hoy mientras caminaba por casualidad en la ciudad vi una pipa, color caoba en uno de eso pequeños anticuarios, enseguida quise comprarla y tras tenerla en mi mano, fue transportarme a ese entonces y se vinieron todos los recuerdos de repente como a caballo bajando las montañas de un sueño, mientras yo pensaba en lo increíble de la mente o del espíritu, que te devuelve en el día menos esperado eso que creíste olvidado y te revuelca en el piso de la nostalgia sin otra cosa mas que resignarte a la realidad; pero les juro me fui a un café y mientras cerraba los ojos me parecía que el tío se sentaba a mi lado con sus ojos vidriosos para escuchar mis poesías de aprendiz que debían dar dolor de estomago y sin embargo a él le emocionaban.
Ni se que paso el día que se fue, no tuve el valor para mirar dentro del ataúd, no pude, sentía que era demasiado para mi, sentía que había tanta maldad en el mundo y este tipo sin cumplir cincuenta ya se iba, se tomaba el subte a media tarde y yo no podía entenderlo, nunca lo entendí. Al poco tiempo mi primo se fue a vivir al sur, yo me fui al norte, mi tía se quedo sin él y sin nosotros y sin consuelo con una tienda inmensa de soledades. Pasaron otras cosas que ni vale la pena contarlas.
¿Que puedo decirles de la ausencia? solo que tengo muchas ganas de llorar, de dejar inconclusas las mañanas, de irme también de este ritual de querer triunfar a cualquier precio, cansado de las idas y venidas, de la gente falsa, del inútil egocentrismo de todo el mundo, cansado de mirarme en el espejo de las vanidades y mas cansado aun de escribir de lo que mas tarde olvido…







sábado, 24 de abril de 2010

Faro Carranza (Malecon) - Veracruz

Serggio D. Oros. Un Nudo en la Garganta

Una Luz en Veracruz, es el cuento nro 9 del libro Tren Hacia el Alma y otros Cuentos, de Serggio D. Oros que hace muy escaso tiempo volvio a editarse bajo la consigna de su 20 aniversario de la primera edicion, donde se me encargo una critica para la contraportada de la obra, bien ampliando ese alli ya vertido concepto, es que he elegido algunos de los textos para un analisis mas concienzudo, y detallado. Posiblemente sea este Cuento al cual hago referencia uno de mis preferidos. No hace falta explicar como un escritor puede desarrollar sus ideas, porque cualquier tecnica es permitida, aceptada, siempre y cuando no haya mayores inconvenientes al seguir su lectura. Pero este Cuento uno puede avistarlo, tiene su cuota de verdad acerca de lo que no podemos explicar con palabras. Se trata de un personaje ignoto, ya que su nombre esta excluido de la trama, un tipo comun, cansado de la rutina, que en cada año se esfuma de su aletargada realidad y emprende un viaje, donde busca reencontrase a si mismo. No es casual que un turista solitario se encuentre con el alma de una mujer tambien muy sola. La tematica de este tipo de relato siempre me ha fascinado, posiblemente porque hay un poco de misterio en cada una de las escenas que se van forjando muy lentamente; por cierto que tambien posee lo que para mi es una tesis obligada que el autor nos tiene acostumbrado, es decir insuflar en este tipo de cuentos cortos, asi como un reves que nos despabila el tema de los amores apasionados, de esas esperas y presagios un tanto desvelados de quienes de alguna manera ansian descubrirlo. Ella Arubi - Al Fajar tal es el nombre de la mujer, el amor, la devuelve al mundo real y él, desde un mundo real tambien, se atreve a vivir un sueño, ahi esta esa aunacion, ese equilibrio, que no encuentra tropiezos, porque ese es el centro de la historia, en realidad alli comienza todo y puede que termine en ese mismo lugar.El ritmo del Cuento no decae sino hasta su final, y eso para quienes estamos insertos en el arte de las letras no es facil de lograr, en un muy escaso tiempo. Ahora queda en los lectores la ultima palabra por supuesto. Humildemente desde mis años de experiencia como periodista especializado en literatura latinoamericana yo apuesto a lo que digo. Si hablamos del arte de la palabra como un conjunto de ajedrez, pues hay que saber donde llevar cada pieza para poder ganarle a lo mas peligroso que enfrenta un escritor, que son los sitios comunes, de alguna manera, el autor se anticipa con una velocidad voraz a los sucesos, entonces se quiere saber mas y no se puede, algo que los autores latinoamericanos han llevado a la practica como una condicion insoslayable de su trabajo. Aqui Serggio D. Oros nos habla como muy intimamente, solo él puede hacerlo, en baja voz, sus palabras corren casi inaudibles hasta dejarnos con un nudo en la garganta.

Joaquín Sarrañueva- Periodista y critico especializado en Literatura Latinoamericana.

Una Luz en Vera Cruz

Muchas veces hablar de lo que nos ocurre, entre amigos es fácil y nos parece que no suena avasallante, otra es contarla tal cual sucedieron los hechos, aunque con los tiempos imprecisos y la incomprensión de ese suceso que queremos narrar.
Siempre solía abandonar en algún resquicio del año todas mis obligaciones, entonces emprendía un viaje a cualquier parte donde el azar me llevase. Nada más subía al avión y me olvidaba de todo, como si de pronto fuera otro el que ocupara mi cuerpo. Ese año decidí irme a México, tan solo una semana, pero que me suponía seria suficiente para cambiar los aires de mi vida, plagada de problemas e incertidumbre.
Fue casi un abrir y cerrar de ojos, ni siquiera sentí el cambio de aire, al arribar al DF y ahí nomás me subí a otro avión que me llevaría a mi destino final. Pensaba en descubrir algo que me emocionara, en definitiva esa había sido mi vida, hasta ese instante, y con cada uno de mis viajes. Buscaba algo pero no sabía muy bien que era eso que buscaba y no se si eso ha cambiado, quizá los años me han dado otra perspectiva, otra visión de las cosas.
Lo cierto es que de un momento de solo pensar que estaba llegando a Vera Cruz, no pude controlar mi ansiedad y apenas arribar al aeropuerto internacional General Heriberto Jara, me sentí flotar por las nubes, y mientras subía a mi auto rentado, comenzaba realmente a disfrutar. Arribe por las autopistas de vía rápida a la ciudad portuaria, ahí se vivía como en otro mundo, esa fue la primera impresión no se si el océano, ahí a unos pocos pasos, no se si el clima como húmedo y calido a la vez me hicieron reverberar cierta alegría desconocida en mi.
Me sentí de pronto poseído por el lugar, sus costumbres, sus edificios, el Son Jarocho, de inmediato causo en mi cierta fascinación por esa gente que amaba esa música tan especial y distinta de todo lo que había oído hasta entonces, se les salía por los poros, era una especie de ritmo contagioso que en seguida te daban ganas de bailarlo y de no cansarte de escucharlo. Me fui al hotel, prepare un pequeño bolso, mi cámara de fotos y ahí estaba con ganas de ver de cerca las ruinas de las culturas aborígenes, los Toltecas, Otomíes, Aztecas y otros, recorrí parques, templos porque siempre en estos y aunque no era religioso, encontraba cierta maravilla de esas que solo los que amamos el arte solemos disfrutar, no se quizá una pila baustimal, solo por decir algo, o un fresco, un relieve, un óleo, el trabajo de las cúpulas, cualquier cosa, que me remitía a pensar en el espíritu, en el corazón de la persona que dedicara tantos años de su vida para crear eso que algunos ni siquiera tenían en cuenta, lo daban como un hecho cualquiera, sin vislumbre, ni nada emocionante. Claro que camine con un pequeño mapa, adentrándome en galerías y museos, fascinado por el arte monumental de los antiguos pobladores de esas tierras y entonces mi imaginación se aceleraba, conjeturando como Hernán Cortez había dado de lleno en ese lugar y al igual que yo en este instante pasados tantos siglos, descubría que la historia podía repetirse, y lograba volver a tener una razón por demás inalterable y plagada de magia y belleza.
Ese día se fue rápido, en un pequeño restaurante me anime a probar un menú con pez sierra y otro de camarones, también deguste un vino de la región que no estaba para nada mal, muy por el contrario, tenia un sabor delicioso y un aroma de madera estacionada y frutos; mientras almorzaba a veces me gustaba mirar hacia la calle, a través de los cristales, por eso casi siempre elegía lugares con ventanales que me dejasen echar un vistazo afuera, era una de esas costumbres que uno se crea con los años y lógicamente se convierte en una gran obsesión, porque de esta manera yo sobretodo miraba a la gente, sus mohines, sus peinados, su ropa, estudiaba las sonrisas, las cejas fruncidas, los asombros pasajeros, algo sutil se establecía en cada persona y me encantaba eso de seguir como en detalle los rasgos de la gente sobretodo del lugar, eso era lo que terminaba por impresionarme, claro que lo reservaba para mi, por miedo a que me tomaran por un loco, todo eso por supuesto lo hacia muy disimuladamente y perfeccione tanto mi técnica con los años que estaba seguro nadie se molestaría por una de mis perspicaces miradas fugitivas.
En toda esa tarde busque continuar con mis descubrimientos, pero me dedique a fotografiar lugares, la ciudad en el anochecer se me hizo mas que una postal, era muy burdo hablar de sueños imposibles, sin embargo no imaginaba que pudiera existir un lugar con gente tan calida, y con una especie de éter tan sugestivo.
Luego de cenar también mas mariscos, me quede sentado en mi mesa disfrutando de un tequila, aunque no me gustaban este tipo de bebidas, uno tenia que acomodarse a la situación, había sido una gentileza del restaurante, así que no había porque desaprovecharla.
Me relaje definitivamente y aunque no tenia ganas de volver al hotel supuse que había llegado el momento. Me levante a duras penas, y me fui. La noche estaba hermosa, cruce una calle y me quede apostado allí a la espera de un taxi, era común en mi preguntarme ciertas cosas, cuando de pronto estaba lejos de casa. ¿Que hacia ahí? ¿Cual era esa búsqueda de algo que siempre terminaba por no alcanzarme? No lo sabia solo tenia a pulmones, la certeza de que los viajes me daban fuerzas para hacer otra escapada a cualquier otro lugar del mundo y de nuevo repetir, que todo era maravilloso, pero siempre me faltaba algo ¿Cual era mi búsqueda? esa era la pregunta que no podía responderme y ¿Porque me placía lo de estudiar los rasgos de los lugareños? ¿Que quería probar con eso?
Ya en el hotel y tras una extendida ducha, me acosté, en el mayor silencio. Los huesos se me desoldaban, estaba claro, demasiado cansado y recién me hacia efecto esa bebida espirituosa de los mexicanos, me dormí sin pensar en nada, y sin saber del extraño suceso que en el siguiente día me tomaría por asalto.
La luz de la mañana, me hizo mirar el reloj, ya era un poco tarde y quería aprovechar cada segundo de mi estadía allí, así que en seguida me duche y cambie. Tome otra vez mi cámara, mi bolso y a la calle, no quise quedarme a desayunar en el café del hotel, era como si algo me impulsara, me llevara a recorrer lugares, ya comería algo por el camino; tenia ganas de ir al puerto a sacar fotos y después quien sabe por ahí me aventuraba a subirme en uno de esos navíos que ofrecían una escapada por las aguas trasparentes del golfo. Estaba feliz y sin ninguna pregunta en mi mente, habrían sido mas de las 11 de la mañana, y casi por casualidad, me adentre en una pequeño anticuario plagado de clientes, no note nada raro, apenas ingresar al lugar, me olvide del tiempo, me encantaban las antigüedades, estaba realmente fascinado, sobre un mostrador de cristal había unos abanicos que parecían hechos de marfil, y eso supero mi curiosidad. Después me llamaron la atención unos cuencos de preciosísimos colores de un material parecido a la arcilla, nunca supe en que momento levante mi vista y la vi esa extraña mujer estaba allí de pronto también fascinada con algo, estaba vestida toda de negro, era delgada, y su cabello también era negro, que le caía por sus mejillas de forma tal que no me dejaba ver su rostro, fue extraña la sensación en mi, pero era como si la hubiese visto en otra parte. La atendieron antes que a mi, por supuesto pero no pude escuchar su voz, tenia mohines fríos, pero condescendidos de cierta lentitud, de cierta lobreguez que no coincidía con el ritmo de la ciudad, de pronto cuando se dio vuelta para irse sus ojos me miraron de una forma tan intensa que juraría que jamás en mi vida sentí algo parecido, en seguida estudie los rasgos de su cara, no era de por allí, debía tal vez ser una turista de origen árabe me di cuenta por un velo típico que usan las mujeres musulmanas pero que ella usaba descuidadamente o quien sabe tal vez podía equivocarme. Me gano la profundidad y el misterio de sus ojos, que de inmediato supe que querían algo de mi, no sabia muy bien que era, pero sentí como si me pidiera a gritos que le ayudase. Su piel era demasiado blanca, y no poseía líneas de demarcación de sus rasgos, digamos que un rostro de esos que nada puede alterarlos.
La observe marcharse y tras hacer mi obligada compra, salí a la acalle un poco turbado y con una extraña sensación como cuando tenemos un presentimiento de esos que no sabemos si fue un sueño o una escena de un filme que se entremezcla con nuestra realidad.
Pero ya no estaba por ninguna parte, se había esfumado tan rápidamente que lo supuse casi imposible, pero podía ser que hubiera subido a algún vehiculo y no valía la pena conjeturar ideas poco brillantes.
Esta vez decidí comer en el puerto, apenas pasadas las 2 de la tarde, ya estaba sentado a una mesa, mirando detalladamente el menú, decidí comer mariscos de nuevo, pero no me hice mucho problema, pedí la especialidad de la casa y un vino blanco de cosecha. Corría una fuerte brisa afuera, que desparramaba los peinados, y hacia volar los sombreros y dispersaba formaciones como de olas en los vestidos, era realmente hermoso observar a la gente que paseaba o trabaja por la calleja principal. No se, en realidad ya casi terminaba de almorzar, cuando de pronto en la lejanía divise la figura de aquella mujer, en la que había pensado todo el día y sin darme cuenta, me quede absorto se la veía pequeña caminar en contra sentido de la gente, era ella porque seguía toda vestida de negro aunque ahora lleva una boina o algo como que le cubría la frente, si era un velo, ya no parecia tan adusto, continuaba sola y caminaba como si el tiempo, ni la fuerte brisa le afectara, en pocos segundos al acercarse mas, deje de dudar si era o no, una mujer de esas que uno no puede olvidar tan fácilmente o por lo menos no conocía mujer con la piel tan nívea, como si jamás el sol le hubiese rozado. A determinado momento se detuvo y giro volviendo por sus pasos, yo enseguida pague la cuenta y salí corriendo tras ella, me sorprendí a mi mismo actuando de esa forma y menos con alguien que ni sabia quien era. Vasto con que me propusiera encontrarla entre las muchedumbres, pero de nuevo la perdí de vista. Me acerque a la muralla que daba cara al océano y la vi bajando unas escaleras que daban a la ribera, volví a correr tras ella, que ahora caminaba por la playa, como respirando toda la pura energía del viento, me acerque venciendo mi timidez y ella giro sobre si misma y de nuevo sus ojos profundos me miraron como cortándome las pupilas.
—Hola, perdón que te moleste, te vi esta mañana en un anticuario y sabes, soy turista y vine solo, no se me preguntaba si tal vez quisieras caminar conmigo, digo tu tampoco pareces ser de aquí.
Ella sonrió, y tardo unos segundos para responderme.
— Si yo también te vi, esta mañana, y tampoco soy de aquí, vine sola hace ya algún tiempo.
Su voz era de las más dulces, pausada, con atisbos de franqueza, como si fuera poseedora de demasiada seguridad.
Caminamos por la playa, con el sol estrepitosamente bello dándonos de lleno en nuestras caras.
—Dime, de donde eres…
—Nací en Damasco, pero hace mucho tiempo vine a vivir aquí a México con mis padres ¿Y tú?
—Yo nací en Buenos Aires, Argentina y vine solo por unos días, me dijeron que este lugar era maravilloso así que tome coraje y me vine solo. ¿Y tu estas sola o con alguien? Digo porque no quisiera importunarte, porque me gustaría invitarte a cenar, seria un honor para mí tu compañía.
No dudo en decirme que si y entonces me dijo que estaba mas sola que nunca, que era la única hija de un hombre demasiado ocupado y que su vida era muy triste, porque ya no la tenia a su madre y la extrañaba, me hablo también de sus gustos, de sus comidas preferidas y sus estudios avanzados en lengua española, también poseía un master en periodismo y me puso al tanto de algunos de los ritos de su religión, porque era musulmana, pero ella los cumplía a medias, solo para conformar a su padre. Soñaba con encontrar ese hombre que la hiciera feliz aunque sea un solo día, me dijo que también le quedaba poco tiempo, no supo decirme porque, imagine que estaría a punto de regresar a su país, no se que diablos pensé en ese momento, pero el tiempo se le acababa. Tras volver por la playa la acompañe unas pocas cuadras, ahí mismo le pedí a alguien que nos sacara una foto a lo cual ella accedió muy gentilmente y tras despedirnos me dijo que nos encontráramos en el restaurante, del puerto, el mismo donde había almorzado.
Yo estaba feliz, casi eufórico, no podía creerlo, esa era la mujer mas bella que conociera estaba seguro en todos mis viajes y me sentía fuertemente atraído por ella, no sabia si tenia que ver con su voz tan tierna, casi tímida y su piel sin siquiera una manchita, sus largas pestañas y sus ojos enormes y negros.
El resto de la tarde lo dedique a tomar mas fotografías, y a pensar en lo que sucedería esa noche. En el hotel apenas tuve tiempo de desempacar, elegí un traje color arena, y una camisa blanca, zapatos náuticos al tono, colonia marina y ya estaba listo. Me apresure llegar al restaurante, ocupe la mesa la misma del mediodia. Estaba nervioso, repasando el menú, mirando la hora a cada instante. Entonces ella apareció, deslumbrante, con un vestido tan delicado, la tela me parecía que si me arriesgaba a tocarla terminaría por desvanecerse. El perfume de su piel era como el mar mismo, con los brazos descubiertos, sin su velo caracteristico, ahora al fin veia su abundante cabello recogido y brillante, solo me puse de pie, ella hizo una reverencia para besarme y sentarse con una de sus mejores sonrisas. En su mano brillaba un cintillo de oro, delicado, con un brillante color celeste.
Pronto ordenamos la cena, y ahondamos en algunos de nuestros secretos, anécdotas, que dejaban al descubierto mi amor por el arte, ella se parecía demasiado a mi, de eso me di cuenta en un instante. Le encantaba leer, y ese raro espacio de profundidad que a veces nos hace adentramos en historias, que no son parte de nuestras vidas pero nos conmueven por igual. Casi sosteníamos la emoción contándonos de nuestros placeres y los minutos y las horas se esfumaron. La noche sentaba hermosa, el clima ideal y aunque estaba un poco húmedo y fresco, le invite a dar una vuelta en mi auto rentado. Claro que acepto, por el camino compramos, una botella de vino y unas copas y nos fuimos a una playa cercana que ella conocía muy bien. Creo que fue en la segunda copa, que tuve unas ganas locas de besarla y lo hice, nos enamoramos sin siquiera pensarlo, de ahí nos fuimos a un hotel, era extraño porque no era solo algo sexual, la sentía muy adentro mío como si fuera esa mujer que uno siempre ha esperado. Fue demasiado perfecto, las sabanas de seda, el aroma de su piel, mientras, young At Heart, una de mis canciones preferidas de Carolin Leigh y Johnny Richards de los años 50, sonaba por el aire, esa música ardía definitivamente, sus manos me llevaban, me daban vueltas por la cama y no podía detenerme de pensar en el maravilloso regalo que me hacia el destino.
Ambos perdimos la conciencia, recién al amanecer nos fuimos del lugar, cansados y un poco dormidos, como le hacia un poco de frío le preste mi saco de hilo de verano. Desayunamos felices de habernos encontrado y nos despedimos hasta la noche, que nos volveríamos a encontrar en la calleja del puerto. Me quedo grabada su sonrisa que al darse vuelta me ofrendaba todo un mundo desconocido. Y tras su partida comencé a contar los minutos, realmente estaba loco por ella.
Volví al hotel a descansar un poco y mas tarde regrese a mi oficio de buscar postales con mi cámara de fotos, nunca creo que lugar alguno de la tierra me pareció tan sutil, tan fuera de lo común, tan maravilloso. El día se fue como resbalándose, por entre toboganes de luces y nostalgias, no podía creer que apenas conocer a esa mujer ya la extrañara, me sentía incompleto, solo de veras, casi perdido sin ella. Por la Noche mientras me cambiaba, note que se encapotaba el cielo, posiblemente llovería, pero no dejaba de ser una buena premonición para mí.
Me fui del hotel apurado, al pasar le compre un paraguas a un tipo en la vereda, y estuve antes de lo previsto allí, en las murallas de la calleja del puerto. Se hizo la hora y se vinieron los minutos encima. Creo que me quede demasiado tiempo bajo el paraguas arreciado por la intensa lluvia, no sabia que pensar, porque ella no había venido a la cita, quizá un contratiempo, un imprevisto. Me volví despacio, empequeñecido por la tristeza, realmente estaba abatido. Busque una cabina telefónica y marque el número que ella me dejara anotado en una servilleta, no contestaba nadie, al fin me di por vencido y me fui a uno de esos bares que quedaban camino a mi hotel.
Creo que hice todas las hipótesis posibles, tal vez simplemente no funciono tanto como yo creía, quizá existía otro, quien podía saberlo, esa noche me fui a dormir después de cinco tequilas, para no pensar en nada.
La mañana me sorprendió malogrado, sin ganas de salir aparte seguía lloviendo y aunque eso nunca me detenía, decidí quedarme. Recién a la siesta emprendí mi escapatoria, ya me quedaba poco tiempo en Vera Cruz, un día más tal vez y ya estaría de regreso.
La lluvia por fin hubo de cesar y salí, a dar un ultimo vistazo, no se porque pensaba en encontrarme con ella, tenia un presentimiento demasiado intenso, pronto se me fue quitando la desazón, después de una par de horas, estaba en una librería escogiendo algunos ejemplares de bolsillo de esas obras que siempre se llevan para regalar, entable una charla informal con una de las vendedoras, la cual arrimo a la caja, algunas de las obras que elegí así como al azar, y quien sabe porque mire a un costado un periódico que sobresalía de un estante interno del mueble sostén, de la caja registradora sin pedir permiso lo tome y lo que vi me quito la respiración, era un periódico de hacia unos días, la vendedora dijo que podía llevármelo, salí a la calle, agarrotado de escalofríos, hablaba allí de una mujer musulmana, de 24 años que había perdido su vida, tras caer al vació desde el yate de su padre, no se sabia muy bien si se trataba de un suicidio o un accidente. Una chica querida por quienes la habían conocido, estudiante brillante de periodismo, hija de uno de los hombres más poderosos del lugar. La fotografía en primer plano, no daba permiso, ni opciones para equivocarse, era ella…si era ella.
La información decía también que el padre después de sepultarla, decidido regresar a Damasco, su lugar de origen, a buscar un poco de paz para su dolor.
Me fui por la calleja del puerto, sin poder creer en lo que me estaba pasando, debía de estar volviéndome loco. Camine por la playa en toda esa tarde hasta que se hizo la noche.
Era demasiado para mi mente. Regrese al hotel a preparar mi equipaje, tenia ganas de marcharme cuanto antes. Un mecanismo de mi alma parecía a punto de fallarme, no comprendía lo que ocurría al rededor, de pronto toda la luz de Vera Cruz se apago para mi, no fue hasta el siguiente día cuando hube de subir al avión, sentado ya en mi butaca, que pude pensar un poco mas en claro.
Mi hipótesis era que Arubi – Al Fajar esa muchacha ingenua, y bella, había decidido regresar para encontrar el verdadero amor, ese que quizá no conoció jamás en su vida y como ultimo deseo Ala, quizá pudo concedérselo, por eso su tiempo estaba limitado. Y era cierto porque nunca me atrajo su cuerpo, sino la intensidad de sus ojos, de su mirada y tras conocerla, me había emocionado su corazón, su ternura, su inigualable manera de expresar lo que sentía; entonces me di cuenta que el amor debía no solo poseer una instancia, física sino que precisaba de que alguien se lo llevase consigo, de que alguien lo tomase y lo guardase como un tesoro de luz, para sobrevivir aun después de todas las tragedias y que alguien todavía atado a este mundo no lo olvidase jamás…Porque a mi, porque yo esa era la pregunta. Cuando llegue a Buenos Aires, ya me parecía un sueño, lo que me había pasado, real o irreal, no lo sabia solo quería llegar a mi casa y descansar, y así lo hice. Después de unas horas abrí la maleta y allí como puesto a propósito de un bolsillo saque el sobre con fotos, que había mandado revelar antes de emprender el regreso y jamás supe en que momento termine de comprender de que ella no estaba en esa primera y única fotografía que nos tomáramos, no había nada allí, solo un abanico de luz muy extraño a mi lado, pero era la prueba fehaciente de que yo no estaba loco, de que si había existido y de que las almas van y vienen, desde algún lugar, a la espera de algo que no nos esta permitido saber…
Y como les dije al principio, es imposible hablar de lo que nos pasa tan fácilmente…