I
Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella.
Después la volvió a encontrar en los jardines públicos y en la plaza varias veces. Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente «la señora del perrito».
«Si está aquí sola, sin su marido o amigos, no estaría mal trabar amistad con ella», pensó Gurov.
Aún no había cumplido cuarenta años, pero tenía ya una hija de doce y dos hijos en la escuela. Se había casado joven, cuando era estudiante de segundo año, y por entonces su mujer parecía tener la mitad de edad que él. Era una mujer alta y tiesa, de cejas oscuras, grave y digna, y como ella misma decía, intelectual. Leía mucho, usaba un lenguaje rebuscado, llamaba a su marido no Dmitri, sino Dimitri, y él en secreto la consideraba falta de inteligencia, de ideas limitadas, cursi. Estaba avergonzado de ella y no le gustaba quedarse en su casa. Empezó por serle infiel hacía mucho tiempo -le fue infiel bastante a menudo-, y, probablemente por esta razón, casi siempre hablaba mal de las mujeres; y cuando se tocaba este asunto en su presencia, acostumbraba llamarlas «la raza inferior». Parecía estar tan escarmentado por la amarga experiencia, que le era lícito llamarlas como quisiera, y, sin embargo, no podía pasarse dos días seguidos sin «la raza inferior». En la sociedad de hombres estaba aburrido y no parecía el mismo; con ellos se mostraba frío y poco comunicativo; pero en compañía de mujeres se sentía libre, sabiendo de qué hablarles y cómo comportarse; se encontraba a sus anchas entre ellas aunque estuviese callado. En su aspecto exterior, su carácter y toda su naturaleza, había algo de atractivo que seducía a las mujeres predisponiéndolas en su favor; él sabía esto, y diríase también que alguna fuerza desconocida lo llevaba hacia ellas.
La experiencia, a menudo repetida, la cruda y amarga experiencia, le había enseñado hacía tiempo que con gente decente, especialmente gente de Moscú -siempre lentos e irresolutos para todo-, la intimidad, que al principio diversifica agradablemente la vida y parece una ligera y encantadora aventura, llega a ser inevitablemente un intrincado problema, y con el tiempo la situación se hace insoportable. Pero a cada nuevo encuentro con una mujer interesante, esta experiencia se le olvidaba, sentía ansias de vivir, y todo lo encontraba sencillo y divertido.
Una noche que estaba comiendo en los jardines, la señora de la boina llegó lentamente y se sentó a la mesa de al lado. La expresión de su rostro, su aire, el vestido y el peinado, le indicaron que era una señora, que estaba casada, que se encontraba en Yalta por primera vez y que estaba triste... Las historias inmorales, que se murmuran en sitios como Yalta, son la mayor parte mentira; Gurov las despreciaba, sabiendo que tales historias eran inventos, en su mayor parte, de personas que hubieran pecado tranquilamente, de haber tenido ocasión; pero cuando la señora del perro se sentó a la mesa de al lado, a tres pasos de él, recordó esas historias de conquistas fáciles, de excursiones a las montañas, y el tentador pensamiento de una dulce y ligera aventura amorosa, una novela con una mujer desconocida, cuyo nombre le fuese desconocido también, se apoderó súbitamente de su ánimo.
Llamó cariñosamente al pomeranio, y cuando el perro se acercó a él lo acarició con la mano. El pomeranio gruñó; Gurov volvió a pasarle la mano.
La señora miró hacia él bajando en seguida los ojos.
-No muerde -dijo, y se sonrojó.
-¿Le puedo dar un hueso? -preguntó Gurov; y como ella asintiera con la cabeza, volvió a decir cortésmente-. ¿Hace mucho tiempo que está usted en Yalta?
-Cinco días.
-Yo llevo ya quince aquí.
Un corto silencio siguió a estas palabras.
-El tiempo pasa de prisa, y sin embargo, ¡es tan triste esto! -dijo ella sin mirarlo.
-Es que se ha puesto de moda decir que esto es triste. Cualquier provinciano viviría en Belyov o en Lhidra sin estar triste, y cuando llega aquí exclama en seguida: «¡Qué tristeza! ¡Qué polvo!» ¡Cualquiera diría que viene de Granada!
Ella se echó a reír. Luego, ambos siguieron comiendo en silencio, como extraños; pero después de comer pasearon juntos y pronto empezó entre ellos la conversación ligera y burlona de dos personas que se sienten libres y satisfechas, a quienes no importa ni lo que van a hablar ni hacia dónde han de dirigirse. Pasearon y hablaron de la luz tan rara que había sobre el mar; el agua era de un suave tono malva oscuro y la luna extendía sobre ella una estela dorada. Hablaron del bochorno que hacía después de un día de calor. Gurov le contó que había venido de Moscú, en donde tomó el grado en Artes, pero que era empleado de un banco; que había estado como cantante en una compañía de ópera, abandonándola luego; que poseía dos casas en Moscú...
De ella supo que había sido educada en San Petersburgo, pero vivía en S. desde su matrimonio, hacía dos años, y que todavía pasaría un mes en Yalta, donde se le reuniría tal vez su marido, que también necesitaba unos días de descanso. No estaba muy segura de si su marido tenía un puesto en el Departamento de la Corona o en el Consejo Provincial, y esta misma ignorancia parecía divertirla.
También supo Gurov que se llamaba Ana Sergeyevna.
Más tarde, una vez en su cuarto, pensó en ella; pensó que volvería a encontrársela al día siguiente; sí, necesariamente se encontrarían. Al acostarse recordó lo que ella le contara de sus sueños de colegio: había estado en él hasta hacía poco, estudiando lecciones como una niña. Y Gurov pensó en su propia hija. Recordaba también su desconfianza, la timidez de su sonrisa y sus modales, su manera de hablar a un extraño. Debía ser ésta la primera vez en su vida que se encontraba sola, examinada con curiosidad e interés; la primera vez también que al dirigirse a ella creyó adivinar en las palabras de los demás secretas intenciones... Recordó su cuello esbelto y delicado, sus encantadores ojos grises.
«Algo hay de triste en esta mujer», pensó, y se quedó dormido.
II
Una semana había pasado desde que hicieron amistad. Era un día de fiesta. Dentro de las casas hacía bochorno, mientras que en la calle el viento formaba remolinos de polvo y tiraba el sombrero a los transeúntes. Era un día de sed, y Gurov entró varias veces en el pabellón y ofreció a Ana Sergeyevna jarabe y agua o un helado. Nadie sabía qué hacer.
Por la tarde, cuando el viento se calmó un poco, salieron a ver venir el vapor. Había muchas personas paseando por el puerto; se habían reunido para recibir a alguien y llevaban ramos de flores. Se notaban allí dos peculiaridades de la gente elegante de Yalta: las señoras mayores iban como muchachas y había muchos generales vestidos de uniforme.
A causa de lo alborotado que estaba el mar, el vapor llegó muy tarde, después de la puesta del sol, y tardó mucho tiempo en atracar al muelle. Ana Sergeyevna miró a través de sus impertinentes al vapor y a los pasajeros como esperando encontrar algún conocido, y al volverse hacia Gurov sus ojos brillaban. Habló mucho y preguntaba cosas desacordes, olvidando al poco rato lo que había preguntado; al hacer un movimiento con la mano dejó caer los impertinentes al suelo.
La gente empezaba a dispersarse; estaba demasiado oscuro para ver las caras de los que pasaban. El viento se había calmado por completo, pero Gurov y Ana Sergeyevna permanecían allí quietos como si esperasen ver salir a alguien más del vapor.
Ella olía en silencio las flores sin mirar a Gurov.
-El tiempo está mejor esta tarde -dijo él-. ¿Dónde vamos ahora?
Ella no contestó.
Entonces Gurov la miró intensamente, rodeó su cuerpo con el brazo y la besó en los labios, mientras respiraba la frescura y fragancia de las flores; luego miró a su alrededor ansiosamente, temiendo que alguien lo hubiese visto.
-Vamos al hotel -dijo él dulcemente. Y ambos caminaron de prisa.
La habitación estaba cerrada y perfumada con la esencia que ella había comprado en el almacén japonés. Gurov miró hacia Ana Sergeyevna y pensó: ¡Cuán distintas personas encuentra uno en este mundo! Del pasado, conservaba recuerdos de mujeres ligeras, de buen fondo algunas, que lo amaban alegremente agradeciéndole la felicidad que él podía darles, por muy breve que fuese; de mujeres, como la suya, que amaban con frases superfluas, afectadas, histéricas, con una expresión que hacía sospechar que no era amor ni pasión, sino algo más significativo; y de dos o tres más, hermosas, frías, en cuyos rostros sorprendió más de una vez destellos de rapacidad, el deseo obstinado de sacar de la vida aún más de lo que ésta podía darles. Eran mujeres irreflexivas, dominantes, faltas de inteligencia y de edad ya madura; cuando Gurov empezaba a mostrarse frío con ellas, esta misma hermosura excitaba su odio, figurándosele que los encajes con que adornaban su ropa eran para él escalas.
Pero en el caso actual sólo había la timidez de la juventud inexperta, un sentimiento parecido al miedo; y todo esto daba a la escena un aspecto de consternación, como si alguien hubiera llamado de repente a la puerta. La actitud de Ana Sergeyevna -«la señora del perrito»- en todo lo sucedido tenía algo de peculiar, de muy grave, como si hubiera sido su caída; así parecía, y resultaba extraño, inapropiado. Su rostro languideció, y lentamente se le soltó el pelo; en esta actitud de abatimiento y meditación se asemejaba a un grabado antiguo: La mujer pecadora.
Hice mal -dijo-. Ahora usted será el primero en despreciarme.
Sobre la mesa había una sandía. Gurov cortó una tajada y empezó a comérsela sin prisa. Durante cerca de media hora ambos guardaron silencio.
Ana Sergeyevna estaba conmovedora; había en ella la pureza de la mujer sencilla y buena que ha visto poco de la vida.
La luz de la bujía iluminando su rostro mostraba, sin embargo, que se sentía desgraciada.
-¿Cómo es posible que yo llegara a despreciarla? -preguntó Gurov-. No sabe usted lo que dice.
-Dios me perdone -dijo ella; y sus ojos se llenaron de lágrimas-. Es horrible -añadió.
-Parece que necesita usted ser perdonada.
-¿Perdonada? No. Soy una mala mujer; me desprecio a mí misma y no pretendo justificarme. No es a mi marido, es a mí a quien he engañado. Y esto no es de ahora, hace mucho tiempo que me estoy engañando. Mi marido podrá ser bueno y honrado, pero ¡es un lacayo! No sé qué es lo que hace allí ni en lo que trabaja; pero sé que es un lacayo. Yo tenía veinte años cuando me casé con él. He vivido atormentada por un sentimiento de curiosidad; necesitaba algo mejor. Debe de haber otra clase de vida, me decía a mí misma. Sentía ansias de vivir. ¡Vivir! ¡Vivir!... La curiosidad me abrasaba... Usted no me comprende, pero le juro a Dios que llegó un momento en que no pude contenerme; algo fuera de lo corriente debió ocurrirme; le dije a mi marido que estaba mala y me vine aquí... Y aquí he estado vagando de un lado para otro como una loca..., y ahora me veo convertida en una mujer vulgar, despreciable, a quien todos mirarán mal.
Gurov se sintió aburrido casi al escucharla.
Le irritaba el tono ingenuo con que hablaba y aquellos remordimientos tan inoportunos; a no ser por las lágrimas hubiera creído que estaba representado una comedia.
-No la entiendo a usted -dijo dulcemente-. ¿Qué es lo que quiere?
Ella ocultó su rostro en el pecho de él estrechándolo tiernamente.
-Créame, créame usted, se lo suplico. Amo la existencia pura y honrada, odio el pecado. Yo no sé lo que estoy haciendo. La gente suele decir: «El demonio me ha tentado». Yo también pudiera decir que el espíritu del mal me ha engañado.
-¡Chis! ¡Chis!... -murmuró Gurov.
Después la miró fijamente, la besó, hablándole con dulzura y cariño, y poco a poco se fue tranquilizando, volviendo a estar alegre, y acabaron por reírse los dos. Cuando salieron afuera no había un alma a orillas del mar. La ciudad, con sus cipreses, tenía un aspecto mortuorio, y las olas se deshacían ruidosamente al llegar a la orilla; cerca de ella se balanceaba una barca, dentro de la que parpadeaba soñolienta una linterna.
Encontraron un coche y lo tomaron; fueron en dirección de Oreanda.
-Al pasar por el vestíbulo he visto su apellido escrito en la lista: Von Diderits -dijo Gurov-. ¿Su marido de usted es alemán?
-No; creo que su abuelo sí lo era, pero él es ruso ortodoxo.
En Oreanda se sentaron silenciosos en un sitio no lejos de la iglesia y mirando hacia el mar. Yalta apenas era visible a través de la bruma matinal; blancas nubes permanecían quietas en lo alto de las montañas. No se movía una hoja; en los árboles cantaban las cigarras, y sólo llegaba a ellos desde abajo el cavernoso y monótono ruido de las olas hablando de paz, de ese sueño eterno que a todos nos espera. Del mismo modo debía oírse cuando ni Yalta ni Oreanda existían; así se oye ahora, y se oirá con la misma monotonía cuando ya no vivamos. Y en esta constancia, en esta completa indiferencia para la vida y la muerte de cada uno de nosotros, ahí se oculta tal vez la garantía de nuestra eterna salvación, del movimiento incesante de la vida sobre el mundo, del progreso hacia la perfección. Sentado al lado de una mujer joven que en la luz del amanecer parecía tan encantadora, acariciada e idealizada por los mágicos alrededores -el mar, las montañas, las nubes, el cielo azul-, Gurov pensó lo hermoso que es todo en el mundo cuando se refleja en nuestro espíritu: todo, menos lo que pensamos o hacemos cuando olvidamos nuestra dignidad y los altos designios de nuestra existencia.
Un hombre pasó cerca de ellos -un guarda, probablemente-, los miró, y siguió adelante.
Y este detalle les parecía misterioso y lleno de encanto también. Luego vieron un vapor que venía de Teodosia, cuyas luces brillaban confundidas con las del amanecer.
-Hay gotas de rocío sobre la hierba -dijo Ana Sergeyevna después de un silencio.
-Sí. Es hora de volver a casa. Y se volvieron a la ciudad.
Desde entonces volvieron a verse todos los días a las doce; comían juntos, se paseaban, contemplaban el mar. Ella se quejaba de dormir mal, sentía palpitaciones en el corazón; le hacía las mismas preguntas, interrumpidas a veces por celos, otras por el miedo de que Gurov no la respetara bastante. Y a menudo, en los jardines, a orillas del agua, cuando se encontraban solos, él la besaba apasionadamente. Aquella vida reposada, aquellos besos en pleno día mientras miraba alrededor por temor de ser visto, el calor, el olor del mar y el continuo ir y venir de gente desocupada, perfumada, bien vestida, hicieron de Gurov otro hombre. Encontraba a Ana Sergeyevna hermosa, fascinadora, y así se lo repetía a ella. Se volvió impaciente y apasionado hasta el punto de no querer separarse de su lado, y ella, mientras tanto, seguía pensativa y continuamente le decía que no la respetaba bastante, que no la amaba lo más mínimo, y que seguramente pensaría de ella como de una mujer cualquiera. Todos los días a la caída de la tarde se iban en coche fuera de Yalta, a Oreanda o a la cascada, y estos paseos eran siempre un triunfo para ellos; la escena les impresionaba invariablemente como algo magnífico y hermosísimo.
Esperaban al marido, que debía venir pronto; pero un día llegó una carta en la que anunciaba que se encontraba mal y suplicaba a su esposa que volviera cuanto antes. Ana Sergeyevna se preparó, pues, a marcharse.
-Es una buena cosa el que yo me vaya -le dijo a Gurov-. «¡Es el dedo del destino!»
El día de la marcha, Gurov la acompañó en el coche. Cuando llegaron al tren y sonó la segunda campanada, Ana Sergeyevna le dijo:
-¡Déjame mirarte una vez más... otra vez! Así, ya está.
No lloraba, pero en su rostro se reflejaba tal tristeza que parecía enferma, los labios le temblaban.
-Me acordaré de ti siempre..., pensaré siempre en ti -dijo-. Que Dios te proteja; sé feliz. No pienses nunca mal de mí. Nos separamos para no volvernos a ver más; así debe ser, porque nunca debimos habernos encontrado. Que Dios sea contigo, adiós.
El tren partió rápido, sus luces desaparecieron pronto de la vista, y un minuto más tarde no se oía ni el ruido, como si todo hubiera conspirado para hacer terminar lo antes posible aquel dulce delirio, aquella locura. Solo, en el andén, mirando hacia donde el tren desapareció, Gurov escuchó el chirrido de las cigarras, el zumbido de los hilos del telégrafo, y le pareció que acababa de despertarse. Y meditó sobre este episodio de su vida que también tocaba a su fin, y del que sólo el recuerdo quedaba... Se sintió conmovido, triste y con remordimientos. Aquella mujer, que nunca más volvería a encontrar, no fue feliz con él, porque aunque la trató con afecto y cariño, hubo siempre en sus maneras, en sus caricias, una ligera sombra de ironía, la grosera condescendencia de un hombre feliz que, además, le doblaba la edad. Ana Sergeyevna lo llamó siempre bueno, distinto de los demás, sublime a veces...; constantemente se había mostrado a ella como no era en realidad, sin intención la había engañado.
Un vago perfume de otoño se dejaba ya sentir en la atmósfera, hacía una tarde fría y triste.
-Es hora de que me marche al Norte -pensó Gurov al dejar el andén-. ¡Sí, ya es hora!
III
En su casa de Moscú lo encontró todo en plan de invierno; las estufas estaban encendidas, y por las mañanas aún era oscuro cuando sus hijos tomaban el desayuno para irse al colegio, tanto que la niñera tenía que encender la luz un rato. Habían empezado las heladas. Cuando cae la primera nieve y aparecen los primeros trineos es agradable ver la tierra blanca, los blancos tejados, exhalar el tibio aliento, y la estación trae a la memoria los años juveniles. Las viejas limas y abedules, cubiertos de escarcha, tienen una expresión simpática y están más cerca de nuestro corazón que los cipreses y las palmas. Junto a ellos se olvidan el mar y las montañas.
Gurov había nacido en Moscú; llegó a él en un bello día de nieve, y al ponerse su abrigo de pieles y sus guantes, al pasearse por Petrovka, al oír el domingo por la tarde el sonido de las campanas, olvidó el encanto de su reciente aventura y del sitio que dejara. Poco a poco se absorbió en la vida de Moscú; leía con avidez los periódicos ¡y declaraba que los leía sin fundamento! En seguida sintió un deseo irresistible de ir a los restaurantes, a los clubes, a las comidas, aniversarios y fiestas; se sintió orgulloso de hablar y discutir con célebres abogados, con artistas, de jugar a las cartas con algún profesor en el club de doctores. Ya podía hasta comer un plato de pescado salado o una col...
Al cabo de un mes, le pareció que la imagen de Ana Sergeyevna había de cubrirse de una bruma en su memoria y visitarlo en sueños de cuando en cuando, con una sonrisa, como hacían otras. Pero pasó más de un mes, llegó el verdadero invierno, y recordaba todo aquello tan claramente como si se hubiera separado de Ana Sergeyevna el día antes. Estos recuerdos, lejos de morir, se avivaron con el tiempo. En la tranquilidad de la tarde, al oír las palabras de los niños estudiando en alta voz, el sonido del piano en un restaurante, o el ruido de tormenta que llegaba por la chimenea, volvía de repente todo a su memoria: lo ocurrido en el muelle la mañana de niebla junto a las montañas, el vapor que volvía de Teodosia y los besos. Gurov se levantaba entonces y paseaba por su habitación recordando y sonriendo; luego, sus recuerdos se convertían en ilusiones, y en su fantasía el pasado se mezclaba con el porvenir. Ana Sergeyevna no lo visitaba ya en sueños, lo seguía por todas partes como una sombra, como un fantasma. Al cerrar los ojos la veía como si estuviese viva delante de él, y Gurov la encontraba más encantadora, más joven, más tierna de lo que en realidad era, imaginándosela aún más hermosa de lo que estaba en Yalta. Por la tarde, Ana Sergeyevna lo miraba desde el estante de los libros, desde el hogar de la chimenea; desde cualquier rincón oía su respiración y el roce acariciador de sus faldas. En la calle miraba a todas las mujeres buscando alguna que se pareciese a ella.
Un deseo intenso de comunicar a alguien sus ideas lo atormentaba. Pero en su casa era imposible hablar de su amor, y fuera de ella tampoco tenía a nadie; ni a sus compañeros de oficina ni a ninguno en el banco podía contárselo. ¿De qué iba a hablar entonces? Pero ¿es que había estado enamorado? ¿Hubo algo de poético, de edificante, simplemente de interés en sus relaciones con Ana Sergeyevna? Y todo se le volvía hablar vagamente de amor, de mujer, y nadie sospechaba nada; sólo su esposa fruncía el entrecejo y decía:
-No te va el papel de conquistador, Dimitri.
Una tarde, al volver del club de doctores con un oficial, con el que había estado jugando a las cartas, no se pudo contener y le dijo:
-¡Si supieras la mujer tan fascinadora que conocí en Yalta!
El oficial entró en su trineo, y se iba ya, pero se volvió de pronto exclamando:
-¡Dmitri Dmitrich!
-¿Qué?
-¡Tenías razón esta tarde: el esturión era demasiado fuerte!
Aquellas palabras tan corrientes llenaron a Gurov de indignación, encontrándolas degradantes y groseras. ¡Qué modo tan salvaje de hablar! ¡Qué noches más estúpidas, qué días más faltos de interés! El afán de las cartas, la glotonería, la bebida, el continuo charlar siempre sobre lo mismo. Todas estas cosas absorben la mayor parte del tiempo de muchas personas, la mejor parte de sus fuerzas, y al final de todo eso, ¿qué queda?: una vida servil, acortada, trivial e indigna, de la que no hay medio de salir, como si se estuviera encerrado en un manicomio o una prisión.
Gurov no durmió en toda la noche, tan lleno de indignación estaba. Al día siguiente se levantó con dolor de cabeza. Y a la otra noche volvió a dormir mal; se sentó en la cama, pensando; luego se levantó y empezó a pasearse por la habitación. Estaba harto de sus hijos, del banco, y sin ganas de ir a ningún sitio ni de ver a nadie.
En las vacaciones de diciembre se preparó para un viaje; le dijo a su mujer que iba a San Petersburgo a un asunto de un amigo y se marchó a S. ¿Para qué? Ni él mismo lo sabía. Sentía necesidad de ver a Ana Sergeyevna y de hablarle; a ser posible, arreglar una entrevista con ella.
Llegó a S. por la mañana y tomó el mejor cuarto del hotel; un cuarto con una alfombra gris en el suelo, y un tintero gris de polvo sobre la mesa, adornado con una figura a caballo que tenía el sombrero en la mano. El portero del hotel le informó necesariamente: Von Diderits vivía en una casa de su propiedad en la calle antigua de Gontcharny; no estaba lejos del hotel. Era rico y vivía a lo grande, tenía caballos propios; todo el mundo lo conocía en la ciudad. El portero pronunciaba «Dridirits».
Gurov se encaminó sin prisa a la calle de Gontcharny y encontró la casa. Enfrente de ella se extendía una larga valla gris adornada con clavos.
-Dan ganas de echar a correr al ver este demonio de valla -pensó Gurov, mirando desde allí a las ventanas de la casa y viceversa.
Luego recapacitó: era día de fiesta y probablemente el marido estaría en casa. De todos modos era una falta de tacto entrar en la casa y sorprenderla. Si le mandaba una carta, podía caer en manos del esposo y todo se echaría a perder. Lo mejor de todo era esperar una ocasión, y empezó a pasearse arriba y abajo por la calle esperando esa ocasión. Vio a un mendigo que se acercaba a la verja y a unos perros que salieron a ladrarle; una hora más tarde oyó débil e indistinto el sonido de un piano. Ana Sergeyevna debía tocar probablemente. De repente, se abrió la puerta, y una mujer vieja, acompañada del blanco y familiar pomeranio, salió de la casa. Gurov estuvo a punto de llamar al perro, pero empezó a latirle violentamente el corazón, y en su excitación no pudo recordar el nombre.
Siguió paseándose y midiendo la empalizada gris una y otra vez, y entonces le dio por pensar que Ana Sergeyevna lo había olvidado y se estaba a aquellas horas divirtiendo con otro, lo cual, al fin y al cabo, era natural en una mujer joven, que no tenía otra cosa que mirar desde por la mañana hasta la noche más que aquella condenada valla. Se volvió a su cuarto del hotel y estuvo largo rato sentado en el sofá sin saber qué hacer; luego comió y durmió bastante tiempo.
-¡Qué estúpido! -exclamó al despertarse y mirar por la ventana-. Sin venir a qué, me he quedado dormido y ahora ya es de noche; ¿qué hago?
Se sentó en la cama, que estaba cubierta por una colcha gris como las de los hospitales, y empezó a burlarse de sí mismo; sentía un fastidio terrible.
-¡Al diablo la señora del perro y la dichosa aventura! En buen lío te has metido, Gurov...
Aquella mañana le había llamado la atención un cartel con letras muy grandes. La Geisha iba a ser representada por primera vez. Al recordar esto, se vistió y se marchó al teatro.
-Es posible que ella vaya a la primera representación -pensó.
El teatro estaba lleno. Como en todos los de provincia, había una atmósfera muy pesada, una especie de niebla que flotaba sobre las luces; por las galerías se oía el rumor de la gente; en la primera fila, los pollos elegantes de la localidad estaban de pie mirando a la gente, antes de levantarse el telón. En el palco del gobernador, su hija, adornada con una boa, ocupaba el primer sitio, mientras que él, oculto modestamente detrás de la cortina, sólo dejaba visible las manos. La orquesta empezó a afinar los instrumentos; el telón se levantó.
Seguía entrando gente que iba a ocupar sus sitios, y Gurov los miraba uno a uno con ansia.
Ana Sergeyevna llegó también. Se sentó en la tercera fila y Gurov sintió que su corazón se contraía al mirarla; comprendió entonces claramente que para él no había en todo el mundo ninguna criatura tan querida como aquélla; aquella mujercita sin atractivos de ninguna clase, perdida en la sociedad de provincia, con sus vulgares impertinentes, llenaba toda su vida; era su pena y su alegría, la única felicidad que ambicionaba, y al oír la música de la orquesta y el sonido de los pobres violines provincianos, pensó cuán encantadora era. Pensó, y soñó...
Un hombre joven, con patillas, alto y encorvado, llegó con Ana Sergeyevna y se sentó a su lado; inclinaba la cabeza a cada paso y parecía estar continuamente haciendo reverencias. Debía ser sin duda el esposo, que una vez en Yalta, en una exclamación de amargura llamó ella lacayo; sonreía almibaradamente y en el ojal de la chaqueta llevaba una insignia o distinción que recordaba el número de un criado.
En el primer descanso el marido se salió fuera a fumar y Ana Sergeyevna se quedó sola en su butaca. Gurov se acercó a ella y con voz temblorosa y una sonrisa forzada le dijo:
-Buenas noches.
Al volver la cabeza y encontrarse con él, Ana Sergeyevna se puso intensamente pálida, lo miró otra vez, horrorizada casi, y estrujó el abanico y los impertinentes entre las manos como luchando para no desmayarse. Los dos guardaban silencio. Ella seguía sentada, él de pie, asustado por la confusión que su presencia le produjo, y no atreviéndose a sentarse a su lado.
Los violines y la flauta empezaron a sonar, y de repente Gurov sintió como si de todos los palcos los estuvieran mirando. Ana Sergeyevna se levantó, marchando rápida hacia la puerta; siguió él, y ambos empezaron a andar sin saber adónde iban, a través de pasillos, bajando y subiendo escaleras, viendo desfilar ante sus ojos uniformes escolares, civiles, militares, todos con insignias. Al pasar, veían señoras, abrigos de piel colgados en las perchas, y el aire les traía olor a tabaco viejo. Y Gurov, cuyo corazón latía con violencia, pensó:
«¡Cielos! ¿Para qué habrá aquí esta gente y esa orquesta?»
Y recordó en aquel instante cuando, después de marcharse Ana Sergeyevna de Yalta, creyó él que todo había terminado y que no volverían a encontrarse más. Pero ¡cuán lejos estaban del final!
Al pie de una escalera estrecha y sombría, sobre la que se leía: «Paso al anfiteatro», se pararon.
-¡Cómo me has asustado! -exclamó ella sin respiración casi, todavía pálida y como agobiada-. ¡Oh, cómo me has asustado! Estoy medio muerta. ¿Por qué has venido? ¿Por qué?...
-Pero escúchame, Ana, escúchame... -repetía Gurov rápidamente y en voz baja-. Te suplico que me escuches...
Ella lo miraba con temor mezclado de amor y de súplica; lo miraba intensamente como si quisiera grabar sus facciones más profundamente en su memoria.
-¡Soy tan desgraciada! -siguió diciendo sin escucharle-. No he hecho más que pensar en ti todo el tiempo; no vivo más que para eso. Y, sin embargo, necesitaba olvidar, olvidar; pero ¿por qué?, ¡ah!, ¿por qué has venido?...
En el piso de arriba dos colegiales fumaban mirando hacia abajo, pero a Gurov no le importaba nada; atrayendo hacia sí a Ana Sergeyevna empezó a besarle la cara, las mejillas y las manos.
-¡Qué estás haciendo, qué estás haciendo! -gritaba ella con horror apartándolo de sí-. Estamos locos. Vete; vete ahora mismo... Te lo pido por lo que más quieras... Te lo suplico... ¡Que viene gente!
Alguien subía por las escaleras.
-Es preciso que te vayas -siguió diciendo Ana Sergeyevna, y su voz parecía un susurro-. ¿Oyes, Dmitri Dmitrich? Iré a verte a Moscú. Nunca he sido feliz; ahora lo soy menos todavía, ¡y nunca, nunca seré dichosa!... No me hagas sufrir más. Te juro que iré a Moscú. Pero ahora separémonos, mi amado Gurov, no hay más remedio.
Estrechó su mano y empezó a bajar las escaleras muy de prisa volviendo atrás la cabeza; y en sus ojos pudo ver él que realmente era desgraciada. Gurov esperó un poco más, escuchó hasta que dejó de oírse el rumor de sus pasos, y entonces fue a buscar su abrigo v se marchó del teatro.
IV
Y Ana Sergeyevna empezó a ir a verlo a Moscú. Cada dos o tres meses abandonaba S. diciendo a su esposo que iba a consultar a un doctor acerca de un mal interno que sentía. Y el marido le creía y no le creía. En Moscú paraba en el hotel del Bazar Eslavo, y desde allí enviaba a Gurov un mensajero con una gorra encarnada. Gurov la visitaba y nadie en Moscú lo sabía.
Una mañana de invierno se dirigía hacia el hotel a verla (el mensajero llegó la noche anterior). Iba con él su hija, a quien acompañaba al colegio. La nieve caía en grandes copos blancos.
-Hay tres grados sobre cero y, sin embargo, nieva -dijo Gurov a su hija-. Sólo hay deshielo en la superficie de la tierra; a mucha más altura de la atmósfera la temperatura es distinta completamente.
-¿Y por qué no hay tormentas en invierno, papá?
Y le explicó esto también.
Hablaba pensando que iba a verla a «ella», que nadie lo sabía y probablemente no se enterarían nunca. Tenía dos vidas: una franca, abierta, vista y conocida de todo el que quisiera, llena de franqueza relativa y relativa falsedad, una vida igual a la que llevaban sus amigos y conocidos; y otra que se deslizaba en secreto. Y a través de circunstancias extrañas, quizá accidentales, resultaba que cuanto había en él de verdadero valor, de sinceridad, todo lo que formaba el fondo de su corazón estaba oculto a los ojos de los demás; en cambio, cuanto había en él de falso, el estuche en que solía esconderse para ocultar la verdad -como, por ejemplo, su trabajo en el banco, sus discusiones en el club, aquello de la «raza inferior», su asistencia acompañado de su mujer a aniversarios y fiestas-, todo eso lo hacía delante de todo el mundo. Desde entonces juzgó a los otros por sí mismo, no creyendo en lo que veía y pensando siempre que cada hombre vive su verdadera vida en secreto, bajo el manto de la noche. La personalidad queda siempre ignorada, oculta, y tal vez por esta razón el hombre civilizado tiene siempre interés en que sea respetada.
Después de dejar a su hija en el colegio, Gurov se dirigió al Bazar Eslavo. Se quitó abajo el abrigo de pieles, subió las escaleras y llamó a la puerta. Ana Sergeyevna, vestida con su traje gris favorito, exhausta por el viaje y la espera, lo aguardaba desde la noche anterior. Estaba pálida; lo miró sin sonreír, y apenas había entrado se arrojó en sus brazos. Fue su beso lento, prolongado, como si hiciera años que no se veían.
-Y bien, ¿qué tal lo vas pasando allí? -preguntó Gurov-. ¿Qué noticias traes?
-Espera; ahora te contaré..., no puedo hablar.
Y no podía; estaba llorando. Se volvió de espaldas a él llevándose el pañuelo a los ojos.
«La dejaremos llorar. Me sentaré y esperaré», pensó Dmitri; y se sentó en una butaca.
Mientras tanto, llamó al timbre y pidió que le trajeran té. Ana Sergeyevna seguía de espaldas a él mirando por la ventana. Lloraba de emoción, al darse cuenta de lo triste y dura que era la vida para ambos; sólo podían verse en secreto, ocultándose de todo el mundo, como ladrones. Sus vidas estaban destrozadas.
-¡Ven, cállate! -dijo Gurov.
Para él era evidente que aquel amor tardaría mucho en acabarse; que no podía encontrarle fin. Ana Sergeyevna cada vez lo quería más. Lo adoraba y no había que pensar en decirle que aquello se acabaría alguna vez; por otra parte, no lo hubiera creído.
Se levantó a consolarla con alguna palabra de cariño, apoyó las manos en sus hombros y en aquel momento se vio en el espejo.
Empezaba a blanquearle la cabeza. Y le pareció raro haber envejecido tan rápida y tontamente durante los últimos años. Aquellos hombros sobre los que reposaban sus manos eran jóvenes, llenos de vida y calor, temblaban.
Sintió compasión por aquella vida todavía tan joven, tan encantadora, pero probablemente no lejos de marchitarse como la suya. ¿Por qué lo amaba ella tanto? Siempre había parecido a las mujeres distinto de como era en realidad; amaban, no a él mismo, sino al hombre que se habían forjado en su imaginación, a aquel a quien con ansia buscaran toda la vida; y después, al notar su engaño, lo seguían amando lo mismo. Sin embargo, ninguna fue feliz con él. El tiempo pasó, hizo amistad con ellas, vivió con algunas, se separó luego, pero nunca había amado; sería lo que quisiera, pero no era amor.
Y he aquí que ahora, cuando su cabeza empezaba a blanquear, se había realmente enamorado por primera vez en su vida.
Ana Sergeyevna y él se amaban como algo muy próximo y querido, como marido y mujer, como tiernos amigos; habían nacido el uno para el otro y no comprendían por qué ella tenía un esposo y él una esposa. Eran como dos aves de paso obligadas a vivir en jaulas diferentes. Olvidaron el uno y el otro cuanto tenían por qué avergonzarse en el pasado, olvidaron el presente, y sintieron que aquel amor los había cambiado.
Otras veces, en momentos de depresión moral, Gurov se había reconfortado a sí mismo con razonamientos de alguna clase; pero ahora no le preocupaban estas cosas; sentía profunda compasión, necesidad de ser sincero y tierno...
-No llores, querida -le dijo-. Ya has llorado bastante, vamos... Ven y hablaremos un poco, arreglaremos algún plan.
Entonces discutieron sobre la necesidad de evitar tanto secreto, el tener que vivir en ciudades diferentes y verse tan de tarde en tarde. ¿Cómo librarse de aquel intolerable cautiverio?...
-¿Cómo? ¿Cómo? -se preguntaba Gurov con la cabeza entre las manos-. ¿Cómo?...
Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar.
jueves, 15 de abril de 2010
viernes, 2 de abril de 2010
Sobre Mújica Lainez: El Antiguo Oficio de Crear Fantasías y Sueños Perpetuos
Si tendría que elegir un escritor para llevarme sus libros hacia una isla desierta, sin duda seria a Manuel Mújica Lainez, Manucho es poco menos que un artista de la palabra, de esos que ya no existen hoy en día, cotidianamente lo que se narra se dice casi coloquialmente, y no esta mal hacerlo por cierto, no hay que renegar de los tiempos que vivimos, sin embargo esa es quizá la diferencia entre un genio y un escritor.
La infancia de Mújica Lainez estuvo aunada a los libros, hijo de Manuel Mújica Farias y Lucia Lainez Varela y su abuela Justa Varela de Lainez y sus tías entendían de temas insólitos y les gustaba narrarlos. Pero el formar parte de una familia como la de Eleuterio Santos Mújica y Covarrubias, descendiente nada menos que del fundador de Buenos Aires Juan de Garay, lo mudará en un niño muy especial. Los relatos que surgían de tradiciones familiares vinculadas a personajes de la historia argentina, mas que en su propia prosapia ya habían existido otros escritores como por ejemplo Juan Cruz Varela, poeta neoclásico, o Bernabé Láinez Cané. Por otra parte Florencio Varela otro integrante de su familia fue uno de los mas notables periodistas de su tiempo.
Manucho tempranamente demostró su vocación por las letras, escribirá siendo casi un niño, una comedia y de su adolescencia (se educo en la Ecola Descartes de Paris) quedo como recuerdo una excelente poesía. También de esta época data una novela titulada Luís XVII escrita en francés, que contaba con 9 capítulos, aquí comienza una historia increíble, porque Mújica Lainez retomara 25 años después esa misma historia para digamos completarla, aunarla, cerrar el circulo, una historia que lo sedujo desde siempre de el tan celebre Delfín de Francia, que según se pudo saber, le facilitaron la huida, y dejaron en su lugar a un niño enfermo, según esa suposición, luego de la caída de Napoleón I trataron de hacerlo pasar por el rey decapitado. En -La Escalinata de Mármol- de su libro Misteriosa Buenos Aires se deja entrever que el Delfín, ese poderoso hombre de sangre azul en realidad murió ignotamente bajo el nombre de Pierre Benoit.
Después de que cursara estudios en Francia, Mújica Lainez partirá a Londres y después regresara a Bs. As. para completar sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de San Isidro. Intentara cursar en la Facultad de Derecho pero jamás terminara su carrera. Dejándolo todo por su pasión a las letras, se dedicara al periodismo en el Diario La Razón y luego en 1932 en la redacción de un Diario emblemático La Nación.
Por cierto que ya es historia que Mújica Lainez había escrito a sus 18 años, 4 cuentos y algunos relatos y a sus 24 años una novela llamada Don Galaz de Buenos Aires, mas adelante llevara a la publicación Glosas Castellanas, que remite a el Quijote y tres de sus mas celebres biografías de escritores de Miguel Cané (padre). Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo. Después vendría Canto a Buenos Aires, libro en versos y Estampas de Buenos Aires en prosa.
Se casara con Ana de Alvear Ortiz Basualdo que prácticamente será su sombra en toda su carrera.
En 1949 a sus 40 años da a conocer uno de los trabajos que lo llevaría hacia la cima de su carrera Aquí Vivieron obra que lleva como subtitulo Historia de una Quinta de San Isidro, donde haciendo uso de su exacerbado conocimiento histórico le pone voz y sentido a personajes que viven y mueren en un lugar que es casi el corazón de un Bs. As. siempre secreto para Mújica Lainez que va desde 1583 hasta 1924. Al año siguiente volverá a sorprender al mundo de las letras con su Misteriosa Buenos Aires una de sus obras maestras donde va encadenando sus cuentos escenificados en Las Barracas, de San Isidro abarcando con estos 4 siglos de historia argentina. (8 de sus relatos son sobre la época de la colonia, y los demás ya en la Argentina independiente).
Su temática principal son el tiempo y la decadencia como el eje central que edifica cada una de sus obras. En realidad en Mújica Lainez podemos encontrar los choques inauditos de la fantasía con la realidad, las alucinaciones, los espectros, fantasmas, hechicerías propias de cultos africanos, amores ambiguos y prohibidos, odios irracionales, y resentimientos.
Explica casi modestamente como anida la codicia en los gestos menos buscados, la lujuria, el amor que puede ser y nunca es, la crueldad, la maldad, y entonces como una niebla que se avista en la distancia el lector nota que puede perderse en la bruma, es lo sobrenatural que impregna toda su obra.
Sus cuentos son inesperados, sorprendentes, directamente te sacuden y tiran al piso sin posibilidades de incorporarte. Sabe donde tiene que ir la palabra, evocadora, justa imperceptible, el realismo cuando se manifiesta nunca es directo, se aleja de la crudeza y aprecia la belleza aun en lo terrible. Poseía Mújica Láinez esa percepción de dar credibilidad a un clima histórico, con una rigurosidad impecable, se sostiene todo su lenguaje en una construcción literaria aparentemente meticulosa, pero a la vez deja libradas las riendas de la imaginación, al lector. Juega a la ironía y se regocija de ello.
Cada uno de su temas es un arma de doble filo, el menoscabo provocado por el tiempo, las cosas que brillan y de pronto parecen seguir igual pero hay algo que es invisible que desespera a sus personajes, dramas que de a poco se hacen evidentes y la amenaza de los objetos, que están allí como testigos mirando como se deshace un destino y de nuevo la pasión adolescente entremezclada con lo que parece ser el final, el amor como una prioridad en el hombre y que a la vez no puede dominarlo, porque seduce, y se marcha o vuelve y se desangra.
Desde 1953 hasta 1957 Mújica Lainez no dejara de publicar un solo año, aparecerán entonces Anteojos Azules, Los Ídolos, La Casa, Los Viajeros, Ultima Navidad del Escribano, Invitados en el Paraíso.
Hacia 1962 convertido en un escritor de nivel internacional publicara Bomarzo esa poderosa construcción literaria a cerca de La Villa de las Maravillas o el Parque de Los Monstruos ese resquicio cerca de Viterbo, Italia. Antiguo dominio de los nobles Orsini, donde magistralmente Mújica Lainez reconstruirá la vida de Pier Luigi Orsini, que con todo el poder y la riqueza, su condición de ser un enfermo de escoliosis (jorobado) lo llevara a la melancolía y la soledad la misma con la que creara ese jardín que se pude parecer al infierno o a un cielo inenarrable. El jardín que el aristócrata encargara a Pirro Liborio, el mismo que continuara los trabajos monumentales en San Pedro después de la muerte de Miguel Ángel. De este trabajo nacerá una de las mas bellas operas, premiadas en el mundo y estrenada por primera vez en Washington en 1976.
Pero posteriormente del éxito de Bomarzo cuando parecía que Mújica Lainez había llegado a tocar el techo de su creatividad, seguirá con El Unicornio, La Mascara Japonesa, Crónicas Reales, su tan famoso de Milagros y Melancolías, Variaciones Sobre un Tema Policial. Ya en la década de los setenta, saldrá a luz: Cecil, El laberinto, El Viaje de los 7 Demonios, Sergio, Los Cisnes, El Brazalete y Otros Cuentos, sin duda que nada es como antes después de acercase a la obra de un genio, lo misterioso esta al alcance de la mano, eso que muchas veces llamamos insólito, lo que no puede obedecer al orden convencional.
Hacia los años 80 publicara Hechos y Personajes de Buenos Aires, una de sus últimas obras que rápidamente alcanzaran la mayor de las ventas, El escarabajo y Un Novelista en El Museo del Prado.
Entre sus premios más importantes podemos mencionar: Premio Nacional de Literatura de 1963. En 1982 la Legión de Honor a las Artes y Ciencias del gobierno Francés y fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 1984 el mismo año de su muerte.
No queda mucho por decir o quizá todo acerca de la vida y de la obra de un escritor como pocos en el mundo, cuya obra fue traducida a disímiles idiomas, periodista, critico de arte, traductor de los Sonetos de Shakespeare y de obras de Moliere, entre otros y artista consumado en el antiguo oficio de crear fantasías y sueños perpetuos...
La infancia de Mújica Lainez estuvo aunada a los libros, hijo de Manuel Mújica Farias y Lucia Lainez Varela y su abuela Justa Varela de Lainez y sus tías entendían de temas insólitos y les gustaba narrarlos. Pero el formar parte de una familia como la de Eleuterio Santos Mújica y Covarrubias, descendiente nada menos que del fundador de Buenos Aires Juan de Garay, lo mudará en un niño muy especial. Los relatos que surgían de tradiciones familiares vinculadas a personajes de la historia argentina, mas que en su propia prosapia ya habían existido otros escritores como por ejemplo Juan Cruz Varela, poeta neoclásico, o Bernabé Láinez Cané. Por otra parte Florencio Varela otro integrante de su familia fue uno de los mas notables periodistas de su tiempo.
Manucho tempranamente demostró su vocación por las letras, escribirá siendo casi un niño, una comedia y de su adolescencia (se educo en la Ecola Descartes de Paris) quedo como recuerdo una excelente poesía. También de esta época data una novela titulada Luís XVII escrita en francés, que contaba con 9 capítulos, aquí comienza una historia increíble, porque Mújica Lainez retomara 25 años después esa misma historia para digamos completarla, aunarla, cerrar el circulo, una historia que lo sedujo desde siempre de el tan celebre Delfín de Francia, que según se pudo saber, le facilitaron la huida, y dejaron en su lugar a un niño enfermo, según esa suposición, luego de la caída de Napoleón I trataron de hacerlo pasar por el rey decapitado. En -La Escalinata de Mármol- de su libro Misteriosa Buenos Aires se deja entrever que el Delfín, ese poderoso hombre de sangre azul en realidad murió ignotamente bajo el nombre de Pierre Benoit.
Después de que cursara estudios en Francia, Mújica Lainez partirá a Londres y después regresara a Bs. As. para completar sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de San Isidro. Intentara cursar en la Facultad de Derecho pero jamás terminara su carrera. Dejándolo todo por su pasión a las letras, se dedicara al periodismo en el Diario La Razón y luego en 1932 en la redacción de un Diario emblemático La Nación.
Por cierto que ya es historia que Mújica Lainez había escrito a sus 18 años, 4 cuentos y algunos relatos y a sus 24 años una novela llamada Don Galaz de Buenos Aires, mas adelante llevara a la publicación Glosas Castellanas, que remite a el Quijote y tres de sus mas celebres biografías de escritores de Miguel Cané (padre). Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo. Después vendría Canto a Buenos Aires, libro en versos y Estampas de Buenos Aires en prosa.
Se casara con Ana de Alvear Ortiz Basualdo que prácticamente será su sombra en toda su carrera.
En 1949 a sus 40 años da a conocer uno de los trabajos que lo llevaría hacia la cima de su carrera Aquí Vivieron obra que lleva como subtitulo Historia de una Quinta de San Isidro, donde haciendo uso de su exacerbado conocimiento histórico le pone voz y sentido a personajes que viven y mueren en un lugar que es casi el corazón de un Bs. As. siempre secreto para Mújica Lainez que va desde 1583 hasta 1924. Al año siguiente volverá a sorprender al mundo de las letras con su Misteriosa Buenos Aires una de sus obras maestras donde va encadenando sus cuentos escenificados en Las Barracas, de San Isidro abarcando con estos 4 siglos de historia argentina. (8 de sus relatos son sobre la época de la colonia, y los demás ya en la Argentina independiente).
Su temática principal son el tiempo y la decadencia como el eje central que edifica cada una de sus obras. En realidad en Mújica Lainez podemos encontrar los choques inauditos de la fantasía con la realidad, las alucinaciones, los espectros, fantasmas, hechicerías propias de cultos africanos, amores ambiguos y prohibidos, odios irracionales, y resentimientos.
Explica casi modestamente como anida la codicia en los gestos menos buscados, la lujuria, el amor que puede ser y nunca es, la crueldad, la maldad, y entonces como una niebla que se avista en la distancia el lector nota que puede perderse en la bruma, es lo sobrenatural que impregna toda su obra.
Sus cuentos son inesperados, sorprendentes, directamente te sacuden y tiran al piso sin posibilidades de incorporarte. Sabe donde tiene que ir la palabra, evocadora, justa imperceptible, el realismo cuando se manifiesta nunca es directo, se aleja de la crudeza y aprecia la belleza aun en lo terrible. Poseía Mújica Láinez esa percepción de dar credibilidad a un clima histórico, con una rigurosidad impecable, se sostiene todo su lenguaje en una construcción literaria aparentemente meticulosa, pero a la vez deja libradas las riendas de la imaginación, al lector. Juega a la ironía y se regocija de ello.
Cada uno de su temas es un arma de doble filo, el menoscabo provocado por el tiempo, las cosas que brillan y de pronto parecen seguir igual pero hay algo que es invisible que desespera a sus personajes, dramas que de a poco se hacen evidentes y la amenaza de los objetos, que están allí como testigos mirando como se deshace un destino y de nuevo la pasión adolescente entremezclada con lo que parece ser el final, el amor como una prioridad en el hombre y que a la vez no puede dominarlo, porque seduce, y se marcha o vuelve y se desangra.
Desde 1953 hasta 1957 Mújica Lainez no dejara de publicar un solo año, aparecerán entonces Anteojos Azules, Los Ídolos, La Casa, Los Viajeros, Ultima Navidad del Escribano, Invitados en el Paraíso.
Hacia 1962 convertido en un escritor de nivel internacional publicara Bomarzo esa poderosa construcción literaria a cerca de La Villa de las Maravillas o el Parque de Los Monstruos ese resquicio cerca de Viterbo, Italia. Antiguo dominio de los nobles Orsini, donde magistralmente Mújica Lainez reconstruirá la vida de Pier Luigi Orsini, que con todo el poder y la riqueza, su condición de ser un enfermo de escoliosis (jorobado) lo llevara a la melancolía y la soledad la misma con la que creara ese jardín que se pude parecer al infierno o a un cielo inenarrable. El jardín que el aristócrata encargara a Pirro Liborio, el mismo que continuara los trabajos monumentales en San Pedro después de la muerte de Miguel Ángel. De este trabajo nacerá una de las mas bellas operas, premiadas en el mundo y estrenada por primera vez en Washington en 1976.
Pero posteriormente del éxito de Bomarzo cuando parecía que Mújica Lainez había llegado a tocar el techo de su creatividad, seguirá con El Unicornio, La Mascara Japonesa, Crónicas Reales, su tan famoso de Milagros y Melancolías, Variaciones Sobre un Tema Policial. Ya en la década de los setenta, saldrá a luz: Cecil, El laberinto, El Viaje de los 7 Demonios, Sergio, Los Cisnes, El Brazalete y Otros Cuentos, sin duda que nada es como antes después de acercase a la obra de un genio, lo misterioso esta al alcance de la mano, eso que muchas veces llamamos insólito, lo que no puede obedecer al orden convencional.
Hacia los años 80 publicara Hechos y Personajes de Buenos Aires, una de sus últimas obras que rápidamente alcanzaran la mayor de las ventas, El escarabajo y Un Novelista en El Museo del Prado.
Entre sus premios más importantes podemos mencionar: Premio Nacional de Literatura de 1963. En 1982 la Legión de Honor a las Artes y Ciencias del gobierno Francés y fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 1984 el mismo año de su muerte.
No queda mucho por decir o quizá todo acerca de la vida y de la obra de un escritor como pocos en el mundo, cuya obra fue traducida a disímiles idiomas, periodista, critico de arte, traductor de los Sonetos de Shakespeare y de obras de Moliere, entre otros y artista consumado en el antiguo oficio de crear fantasías y sueños perpetuos...
viernes, 29 de enero de 2010
Sobre Yasunari Kawabata: Los Sonidos de La Soledad…

Miro a su alrededor apenas el sol brillaba como un día cualquiera de un año cualquiera, el mar precioso allí al alcance de la mano, luminoso, como una gran manta, que cobijaba el infinito, pero al cerrar las cortinas le parecía que una lluvia fría y apenada caía allí fuera, que los transeúntes se ocultaban bajo sus paraguas negros, que la ciudad había sido sitiada por el oscuro rostro de una maldición, pero sabia que los sonidos de la soledad que despertaban las callejas eran solo de su alma .
Se sentó frente a la taza de té, sin pensar en nada, ni en nadie. Había sido tan difícil arribar no a la cima, sino simplemente vivir, y poder ser feliz en un mundo que no siempre es el mejor para todos. Contaba con tres años cuando sus padres murieron, pero él no lo supo, sino muchos años después cuando el completo uso de razón despliega el peso de la ausencia sobre los hombros, después su hermana, que había sido su unica amiga, se iría a ese oscuro pasaje del cual nadie ha regresado.
Se tuvo que adaptar a vivir con sus abuelos pero al poco tiempo su abuela materna, moriría también y tomado a cargo por su abuelo en su casa de campo, terminara a los 15 años viéndolo agonizar y morir.
Como se explica la ausencia, ese raro espacio que sin embargo esta lleno de fantasmas que cobran vida en los sueños. Que repiten gestos y risas y pueden incluso hablar de la esperanza, fantasmas con los ojos llenos de vida y a un instante ya no son, ya no pueden ser, porque ya no existen y sin embargo regresan, por algo que no podemos saber…
Era demasiado tarde para hacerse preguntas que no podía responder. Además la religión y las costumbres no permiten dudar siquiera de que hay un dios que sigue nuestros pasos, de lo contrario se es ateo, maldito, perverso, pero como se mitiga el dolor de haber perdido todo al nacer apenas sin tener la culpa de que las cosas hayan sucedido como si se hubiesen soltado las amarras de una tragedia que no pude detenerse.
Miro a su alrededor y busco la fecha en un gastado almanaque, 16 de abril de 1972 ya sin nada por hacer, ni decir, las palabras ya no querían aferrarse al papel. Sin tener a donde ir, ni un destino previsible, la lluvia seguía derrumbado el cielo y no dudo más en detener la angustia que lo desesperaba, quería dormirse, no saber, no ver las imágenes de aquellos recuerdos de niño y no idealizar a los muertos…
Temblando y en un rapto de locura dejo escapar el gas de todas las llaves de su departamento y se fue adormir…
Yasunari Kawabata ya no despertó y con él desaparecía nada menos que un genio de la literatura universal, Premio Nóbel 1968.
Nació en Osaka en 1899 y curso estudios en la Universidad Imperial de Tokio en 1924, fue un empedernido difusor de las vanguardias europeas. A sus 26 años publicara Diario Intimo de Mi Decimosexto Cumpleaños en 1925, y dos años después La Bailarina de Izu, con estas dos obras se convierte en el gran escritor de su generación, pero con el pasar del tiempo dejara de lado el esteticismo literario occidental y retornara hacia los antepasados tradicionales de la literatura japonesa. A fines de 1934 publicara por capítulos en un periódico de Tokio una de sus mas grandes obras, País de Nieve, y lograra que millones de lectores esperen impacientes la publicación del siguiente capitulo, creando en los mismos no solo la charla, el debate sino la ansiedad por saber que pasaría con los personajes, el publico se ve identificado sobre todo con los milenarios rituales que Kawabata escenifica, la ceremonia del té, el ikebana, los haikus, el arte de la caligrafía con su proceso inalterable por miles de años, y ese belleza descarnada de las geishas esas mujeres que habían sido desde su nacimiento educadas para complacer, pero que ocultaban la mas devota de las sensibilidades. Existe en la literatura de Kawabata un juego narrativo constante por alcanzar la belleza, sus personajes palpitan para descubrirla detrás de las cosas menos imaginadas y de principio a fin, cuando el personaje de País de Nieve, Shimamura, descubre a la bella Yoko, no al mirarla directamente sino en el reflejo del tren que lo lleva hacia las montañas, ve pasar los bellos paisajes invernales y a la vez el reflejo de esa mujer en el cristal que lo perturba, no hay nada mas perfecto para descubrir la emoción inconsciente que un instante desapercibido, inútil para otros pero que el escritor asume como si fuera una señal del destino. En 1937 la novela en entregas a través del periódico llegaba a su final, no sin despertar cierta pesadumbre en los lectores que se ocuparon de hacerle saber a Kawabata que esa historia entre Yoko, Shimamura y Komako no puede terminar, pasaran diez años para que el escritor japonés decida agregar un capitulo adicional a su novela y además permitiendo que el texto definitivamente se publique como libro, que lejos tras una década de caer al olvido produjo una revolución de ventas, la gente quería descubrir el momento terrible del final aunque doliera. Escribió más de 12.000 páginas. Artículos, novelas y cuentos y tuvo dentro de su país Japón, la máxima popularidad a la que un escritor puede aspirar.
Entre sus libros mas recordados podemos mencionar La Casa de Izu, La Casa de las Bellas Durmientes, Historias de La Palma de la Mano, El Sonido de La Montaña, Lo Bello y Lo Triste entre otras.
Precisamente Lo Bello y Lo Triste no pudo sino publicarse después de la muerte del genial autor y además mantuvo en sus lectores eso que siempre le había acompañado en vida es decir querer saber mas de su obra, de sus personajes, de lo que piensan y sienten, con sus descripciones emotivas y profundas y ese ímpetu incontrolable y a la vez oculto que lograba delimitar en sus historias.
Kawubata fue nada menos que un violinista dechado de las letras, capaz de conmover con una sola línea el corazón de millones de personas y eso no es poco conocía muy bien de cerca los laberintos eternos de la mente humana, de los cuales indudablemente en un día de lluvia de su alma no pudo escapar.
Se sentó frente a la taza de té, sin pensar en nada, ni en nadie. Había sido tan difícil arribar no a la cima, sino simplemente vivir, y poder ser feliz en un mundo que no siempre es el mejor para todos. Contaba con tres años cuando sus padres murieron, pero él no lo supo, sino muchos años después cuando el completo uso de razón despliega el peso de la ausencia sobre los hombros, después su hermana, que había sido su unica amiga, se iría a ese oscuro pasaje del cual nadie ha regresado.
Se tuvo que adaptar a vivir con sus abuelos pero al poco tiempo su abuela materna, moriría también y tomado a cargo por su abuelo en su casa de campo, terminara a los 15 años viéndolo agonizar y morir.
Como se explica la ausencia, ese raro espacio que sin embargo esta lleno de fantasmas que cobran vida en los sueños. Que repiten gestos y risas y pueden incluso hablar de la esperanza, fantasmas con los ojos llenos de vida y a un instante ya no son, ya no pueden ser, porque ya no existen y sin embargo regresan, por algo que no podemos saber…
Era demasiado tarde para hacerse preguntas que no podía responder. Además la religión y las costumbres no permiten dudar siquiera de que hay un dios que sigue nuestros pasos, de lo contrario se es ateo, maldito, perverso, pero como se mitiga el dolor de haber perdido todo al nacer apenas sin tener la culpa de que las cosas hayan sucedido como si se hubiesen soltado las amarras de una tragedia que no pude detenerse.
Miro a su alrededor y busco la fecha en un gastado almanaque, 16 de abril de 1972 ya sin nada por hacer, ni decir, las palabras ya no querían aferrarse al papel. Sin tener a donde ir, ni un destino previsible, la lluvia seguía derrumbado el cielo y no dudo más en detener la angustia que lo desesperaba, quería dormirse, no saber, no ver las imágenes de aquellos recuerdos de niño y no idealizar a los muertos…
Temblando y en un rapto de locura dejo escapar el gas de todas las llaves de su departamento y se fue adormir…
Yasunari Kawabata ya no despertó y con él desaparecía nada menos que un genio de la literatura universal, Premio Nóbel 1968.
Nació en Osaka en 1899 y curso estudios en la Universidad Imperial de Tokio en 1924, fue un empedernido difusor de las vanguardias europeas. A sus 26 años publicara Diario Intimo de Mi Decimosexto Cumpleaños en 1925, y dos años después La Bailarina de Izu, con estas dos obras se convierte en el gran escritor de su generación, pero con el pasar del tiempo dejara de lado el esteticismo literario occidental y retornara hacia los antepasados tradicionales de la literatura japonesa. A fines de 1934 publicara por capítulos en un periódico de Tokio una de sus mas grandes obras, País de Nieve, y lograra que millones de lectores esperen impacientes la publicación del siguiente capitulo, creando en los mismos no solo la charla, el debate sino la ansiedad por saber que pasaría con los personajes, el publico se ve identificado sobre todo con los milenarios rituales que Kawabata escenifica, la ceremonia del té, el ikebana, los haikus, el arte de la caligrafía con su proceso inalterable por miles de años, y ese belleza descarnada de las geishas esas mujeres que habían sido desde su nacimiento educadas para complacer, pero que ocultaban la mas devota de las sensibilidades. Existe en la literatura de Kawabata un juego narrativo constante por alcanzar la belleza, sus personajes palpitan para descubrirla detrás de las cosas menos imaginadas y de principio a fin, cuando el personaje de País de Nieve, Shimamura, descubre a la bella Yoko, no al mirarla directamente sino en el reflejo del tren que lo lleva hacia las montañas, ve pasar los bellos paisajes invernales y a la vez el reflejo de esa mujer en el cristal que lo perturba, no hay nada mas perfecto para descubrir la emoción inconsciente que un instante desapercibido, inútil para otros pero que el escritor asume como si fuera una señal del destino. En 1937 la novela en entregas a través del periódico llegaba a su final, no sin despertar cierta pesadumbre en los lectores que se ocuparon de hacerle saber a Kawabata que esa historia entre Yoko, Shimamura y Komako no puede terminar, pasaran diez años para que el escritor japonés decida agregar un capitulo adicional a su novela y además permitiendo que el texto definitivamente se publique como libro, que lejos tras una década de caer al olvido produjo una revolución de ventas, la gente quería descubrir el momento terrible del final aunque doliera. Escribió más de 12.000 páginas. Artículos, novelas y cuentos y tuvo dentro de su país Japón, la máxima popularidad a la que un escritor puede aspirar.
Entre sus libros mas recordados podemos mencionar La Casa de Izu, La Casa de las Bellas Durmientes, Historias de La Palma de la Mano, El Sonido de La Montaña, Lo Bello y Lo Triste entre otras.
Precisamente Lo Bello y Lo Triste no pudo sino publicarse después de la muerte del genial autor y además mantuvo en sus lectores eso que siempre le había acompañado en vida es decir querer saber mas de su obra, de sus personajes, de lo que piensan y sienten, con sus descripciones emotivas y profundas y ese ímpetu incontrolable y a la vez oculto que lograba delimitar en sus historias.
Kawubata fue nada menos que un violinista dechado de las letras, capaz de conmover con una sola línea el corazón de millones de personas y eso no es poco conocía muy bien de cerca los laberintos eternos de la mente humana, de los cuales indudablemente en un día de lluvia de su alma no pudo escapar.
martes, 28 de julio de 2009
Sobre Vincent Van Gogh: El día en que Vincent comenzó a Morir…
Leía asiduamente a escritores franceses como Émile Zola, Moupassant, Balzac, sabía cuatro idiomas, además de latín y griego y aunque sus primeros estudios los hizo en el pequeño pueblo donde había nacido, en Groot- Zundert, Holanda, no había límites para su inteligencia, pero no aceptaba el orden impuesto por la sociedad. Tras sus estudios en el Internado de Zebenbergen y mas tarde en Tilburgen. Hacia 1869 a los 16 años trabajara en una Galería de arte, en La Haya, después como librero y más tarde fue predicador evangelista de los mineros, donde atendía a los enfermos y a los heridos por las constantes huelgas, hasta casi desfallecer.
Pinto 800 obras en poco mas de 9 años, hizo mas de 1600 dibujos, escribió mas de 750 cartas que se convirtieron en una confesión arrolladora acerca de lo que anhela y sufre un artista, y no bastaría una vida para leer las cientos de miles de paginas que se han escrito acerca de su vida y su obra, considerado genio después de muerto Vincent Van Gogh encarna el ideal del artista que será imitado, admirado, reverenciado a través del tiempo, basta con decir que hasta hay quienes piden como ultimo deseo antes de morir que sus cenizas sean arrojadas cerca de la tumba de Vincent, día tras día son retirados del lugar no solo esas ofrendas humanas, sino también cientos de miles de cartas que llegan hasta allí desde todo el planeta. Dos de sus obras figuran como record de subastas por mas de 80 millones de dólares en los años 90, Quizá lo ocurrido el ultimo 8 de junio del corriente en el Museo de Ámsterdam dedicado a la obra del artista lo dice todo, el museo recibió en esa muestra denominada Los Colores de La Noche a 530.000 personas, casi increíble para alguien que no creía ser un buen artista, según el mismo lo afirmara en una sus cartas a su hermano Theo.
Vincent describirá en una carta a su amigo Emili Bernard como pintaba sus obras: cubría los planos a veces con colores suaves, en otros muy por el contrario daba vida a los planos con pinceladas anchas y cortas que parecían la estructura de un muro o una rejilla y no vacilaba en perfilarlas con contornos, realizaba pegotes de color, trabajando con un pincel duro, rayando si se quiere las formas, en muchas ocasiones no hacia estudio previo, pintaba directamente sobre el lienzo con tanta seguridad que nunca hubo de retocarlo. Tanto en las pinturas como en los dibujos dominaba un trazo rítmico que prestaba a la obra una extraordinaria viveza.
Pero el drama es que en su vida personal no encontraba un equilibrio, después de su aventura como pastor y ya dedicado a la pintura escribirá -me siento absorbido por la naturaleza, por los colores, es algo que no puedo dominarlo- había confesado alguna vez, necesitaba pintar, pero no podía vivir del arte. Sus relatos acerca de los paisajes que se disponía pintar están imbuidos de poesía- Supón ahora un Abeto azul, verde, inmenso, extendiendo sus ramas sobre un prado muy verde y la arena manchada de luz…dice en una de las líneas de su sus cartas.
A principio de 1889 Vincent Van Gogh fue internado en el manicomio de Saint Rémy que estaba muy cerca de Arlés, una pequeña aldea en La Provenza en Francia, el lugar que había elegido para vivir y dedicarse por entero al arte, una pelea con su amigo el también genial Poul Gauguin hizo estallar en él la autodestrucción, (se corto una oreja y se la envió a una prostituta) según narran los biógrafos del artista. Se dice que siguió tranquilamente a los gendarmes que lo detuvieron en Casa Amarilla, su vivienda-taller y llevaron hasta la fría celda, sin embargo ese fue el instante en que Vincent comenzó a morir, aunque en realidad lo de la pelea con Gauguin era una excusa para que ese brote de locura terminara exteriorizándose. Estaba enfermo seguramente desde hacia mucho tiempo. Sus convulsiones de diferentes grados de violencia y duración, le impedían siquiera pensar, todo ello sumado a sus alucinaciones que lo alejaban de la realidad, lo que hoy podríamos llamarle Psicosis, no se recuperaría de la enfermedad que lo aquejara ya nunca y si hipotéticamente lo hubiera hecho, jamás los ojos de todos los que lo rodeaban aun hasta su propia familia volverían a verlo de la misma manera, atravesado ese umbral es imposible volver porque la condena social es aun mas terrible que la enfermedad, quebrada su vapuleada reputación, con su escasa vida social del todo limitada, siendo por completo dependiente de los otros no había otro remedio que buscar la manera de que todo termine.
El año que duro la internación, Vincent, seguía pintando cuando podía, a veces por semanas enteras no podía siquiera tocar un pincel, no obstante reflejó en esta su última etapa lo que veía, lo que tenía más a mano. En efecto a pesar de que prontamente dejaría ese lugar sabía que lo llevaría consigo fuera donde fuera.
Algunos críticos aseguran que había mensajes ocultos en sus obras, premoniciones de la tragedia, que había pintado de un solo impulso, en Silla con Pipa y el Sillón de Gauguin, de 1888 por ejemplo se vislumbra la muerte pues el significado de estas obras, es precisamente la ausencia, el vació; también en su obra Campo de Trigo con Cuervos que se asegura es la ultima obra del artista, (aunque otros investigadores de su vida, aseguran que pinto otras cuarenta después) para esta obra Vincent había pedido prestado un fusil o un revolver todavía eso no esta claro, y se dirigió a un campo de trigo, allí armo su caballete y efectuó dos disparos, espantando a los cuervos, de esa imagen Vincent extrajo la inspiración para esa obra que a su vez era la representación de su mas profunda tristeza, por lo general siempre hacia dos o tres obras sobre el mismo tema y de nuevo volvió a pedir el arma, pero esta vez se disparo directamente al pecho un 27 de julio de 1890. Para cuando Theo, llego al cuarto de la Posada, a donde se había arrastrado por propia cuenta, a Vincent, ya no le dolía la herida, fumaba su pipa casi absorto, con una muy leve sonrisa, que la tuvo hasta dormirse para siempre.
Entonces el mito creció hasta nuestros días como si no fuera real la búsqueda de la verdad a través del arte, esa que solo Vincent a costa de su vida pudo realizar…
Pinto 800 obras en poco mas de 9 años, hizo mas de 1600 dibujos, escribió mas de 750 cartas que se convirtieron en una confesión arrolladora acerca de lo que anhela y sufre un artista, y no bastaría una vida para leer las cientos de miles de paginas que se han escrito acerca de su vida y su obra, considerado genio después de muerto Vincent Van Gogh encarna el ideal del artista que será imitado, admirado, reverenciado a través del tiempo, basta con decir que hasta hay quienes piden como ultimo deseo antes de morir que sus cenizas sean arrojadas cerca de la tumba de Vincent, día tras día son retirados del lugar no solo esas ofrendas humanas, sino también cientos de miles de cartas que llegan hasta allí desde todo el planeta. Dos de sus obras figuran como record de subastas por mas de 80 millones de dólares en los años 90, Quizá lo ocurrido el ultimo 8 de junio del corriente en el Museo de Ámsterdam dedicado a la obra del artista lo dice todo, el museo recibió en esa muestra denominada Los Colores de La Noche a 530.000 personas, casi increíble para alguien que no creía ser un buen artista, según el mismo lo afirmara en una sus cartas a su hermano Theo.
Vincent describirá en una carta a su amigo Emili Bernard como pintaba sus obras: cubría los planos a veces con colores suaves, en otros muy por el contrario daba vida a los planos con pinceladas anchas y cortas que parecían la estructura de un muro o una rejilla y no vacilaba en perfilarlas con contornos, realizaba pegotes de color, trabajando con un pincel duro, rayando si se quiere las formas, en muchas ocasiones no hacia estudio previo, pintaba directamente sobre el lienzo con tanta seguridad que nunca hubo de retocarlo. Tanto en las pinturas como en los dibujos dominaba un trazo rítmico que prestaba a la obra una extraordinaria viveza.
Pero el drama es que en su vida personal no encontraba un equilibrio, después de su aventura como pastor y ya dedicado a la pintura escribirá -me siento absorbido por la naturaleza, por los colores, es algo que no puedo dominarlo- había confesado alguna vez, necesitaba pintar, pero no podía vivir del arte. Sus relatos acerca de los paisajes que se disponía pintar están imbuidos de poesía- Supón ahora un Abeto azul, verde, inmenso, extendiendo sus ramas sobre un prado muy verde y la arena manchada de luz…dice en una de las líneas de su sus cartas.
A principio de 1889 Vincent Van Gogh fue internado en el manicomio de Saint Rémy que estaba muy cerca de Arlés, una pequeña aldea en La Provenza en Francia, el lugar que había elegido para vivir y dedicarse por entero al arte, una pelea con su amigo el también genial Poul Gauguin hizo estallar en él la autodestrucción, (se corto una oreja y se la envió a una prostituta) según narran los biógrafos del artista. Se dice que siguió tranquilamente a los gendarmes que lo detuvieron en Casa Amarilla, su vivienda-taller y llevaron hasta la fría celda, sin embargo ese fue el instante en que Vincent comenzó a morir, aunque en realidad lo de la pelea con Gauguin era una excusa para que ese brote de locura terminara exteriorizándose. Estaba enfermo seguramente desde hacia mucho tiempo. Sus convulsiones de diferentes grados de violencia y duración, le impedían siquiera pensar, todo ello sumado a sus alucinaciones que lo alejaban de la realidad, lo que hoy podríamos llamarle Psicosis, no se recuperaría de la enfermedad que lo aquejara ya nunca y si hipotéticamente lo hubiera hecho, jamás los ojos de todos los que lo rodeaban aun hasta su propia familia volverían a verlo de la misma manera, atravesado ese umbral es imposible volver porque la condena social es aun mas terrible que la enfermedad, quebrada su vapuleada reputación, con su escasa vida social del todo limitada, siendo por completo dependiente de los otros no había otro remedio que buscar la manera de que todo termine.
El año que duro la internación, Vincent, seguía pintando cuando podía, a veces por semanas enteras no podía siquiera tocar un pincel, no obstante reflejó en esta su última etapa lo que veía, lo que tenía más a mano. En efecto a pesar de que prontamente dejaría ese lugar sabía que lo llevaría consigo fuera donde fuera.
Algunos críticos aseguran que había mensajes ocultos en sus obras, premoniciones de la tragedia, que había pintado de un solo impulso, en Silla con Pipa y el Sillón de Gauguin, de 1888 por ejemplo se vislumbra la muerte pues el significado de estas obras, es precisamente la ausencia, el vació; también en su obra Campo de Trigo con Cuervos que se asegura es la ultima obra del artista, (aunque otros investigadores de su vida, aseguran que pinto otras cuarenta después) para esta obra Vincent había pedido prestado un fusil o un revolver todavía eso no esta claro, y se dirigió a un campo de trigo, allí armo su caballete y efectuó dos disparos, espantando a los cuervos, de esa imagen Vincent extrajo la inspiración para esa obra que a su vez era la representación de su mas profunda tristeza, por lo general siempre hacia dos o tres obras sobre el mismo tema y de nuevo volvió a pedir el arma, pero esta vez se disparo directamente al pecho un 27 de julio de 1890. Para cuando Theo, llego al cuarto de la Posada, a donde se había arrastrado por propia cuenta, a Vincent, ya no le dolía la herida, fumaba su pipa casi absorto, con una muy leve sonrisa, que la tuvo hasta dormirse para siempre.
Entonces el mito creció hasta nuestros días como si no fuera real la búsqueda de la verdad a través del arte, esa que solo Vincent a costa de su vida pudo realizar…
viernes, 17 de abril de 2009
1ra parte: Viena. Su Esplendor y Ocaso Cultural
¿Quien no ha oído hablar del Danuvio, de los Alpes, y los Carpatos? Desde las baladas de sus primigenios habitantes Los Celtas, con sus majestuosos paisajes que se quedaron entre las notas de sus baladas de hierba perenne y heroicidad, hasta la majestuosidad de sus catedrales, de sus edificaciones, góticas, barrocas, renacentistas o al estilo propio El Biedermeir que surge en contracara al talante del imperio realizado por las virtudes de la clase media, la gente menos notable pero tan sensible que dejo sus huellas a lo largo y ancho de la ciudad ofrendándole otro color y otra armonía.
Quien puede pasar inadvertido por sus parques repletos de monumentos, sin dejar de sentirse anonadado por un lugar que fue alguna vez la capital mas importante del mundo de la cultura, del arte, especialmente de la música Mozart, Brahms, Mahler caminaron sus calles, allí se inspiro Schubert mirando los bosques solitarios y soñando con cielos que no se parecían sino a la distancia, para descubrir la anticipación del amor, donde Straus El Joven con sus valses vieneses derrumbo todas las barreras del tiempo haciendo primero que los príncipes y nobles vivieran en dentro de un sueño de belleza inalcanzable y que después se hizo parte de cualquier corazón dispuesto a descubrir las emociones.
No hay ciudad que posea más museos, mas galerías de arte, no hay quien no haya pensado en su nombre sin pensar también en un Oskar Kokoschka, un Gustav Klimt esos artistas, donde se resumieron todas las fuerzas de la creación y resultaron ser nada mas que el lado oculto de una marea, de un sentido de la belleza que es un compás que hace círculos por lo mejor de la vida, en fin Viena es el nombre no solo de una ciudad declarada patrimonio de la humanidad, sino que oculta la historia de la cultura menos imaginada, y que sin embargo no podemos dejar de saber como se hizo a si misma, no podemos dejar de sentir, de tocar porque allí digamos que nace por primera vez el esplendor del espíritu humano en toda su magnificencia.
No podemos hablar de arte sino hacemos primero un recorrido por el carácter y la historia de sus más grandes acontecimientos. Estas notas le ayudaran al lector a vislumbrar la preponderancia del arte en ciertos lugares de la tierra, que personalmente creo se debió principalmente a una tradición milenaria que a través de sus gobernantes (nobles condescendientes) le dieron la mayor preeminencia a sus Instituciones Culturales, porque sabían que allí estaba la clave de la elevación del pensamiento, lógicamente también hay que establecer una visión acerca de la cultura de elite que imperaba en esta época y sus virtudes y defectos pero eso lo haremos mas adelante, ahora nos limitaremos a develar como se produce una interacción entre la influencia de una ciudad fastuosa y sus habitantes que termino impactando de lleno con la grandiosidad de sus artistas, y como estos a la vez elevaran dicho concepto a través de sus individualidades que deslumbraran al mundo; pero esta noción solo puede ser entendida ahondado en su historia e idiosincrasia.
Para comprender las características únicas de la cultura de Viena, hay que partir de los primeros decenios de la misma. Para ello hay que remontarse a la primera historia de la antigua ciudad, dividida en dos ciclos.
Después de tiempos inmemoriales, la primacía de la cultura es recién puesta a luz por los Habsburgos, familia unida al Sacro Imperio Romano – Germánico (1438 – 1806) también a la Monarquía Hispánica (1516 – 1700) que reino por ultimo en Austria desde (1279 – hasta 1918). Esta familia es originaria de Suabia, que toma su nombre de los Suevos, pueblo que ocupo en un principio la provincia romana de la Gallaecia. Suavia fue un ducado medieval que ocupaba el suroeste de Alemania, en lo que hoy se conoce bajo el nombre de Baden – Wurttemberg, la región se extendía en partes de Baviera y Suiza.
Precisamente esta familia se establece en Suiza y su nombre deriva del Castillo de Habsburgo en Argovia, construido por el dignatario eclesiástico, Werner cuyo sobrino será el primer conde de Habsburgo.
Es en el siglo XVI tras la muerte de Felipe El hermoso y Juana, La Loca, que asume el trono el hijo de ambos, que será conocido como el Rey Carlos I, inaugurando La Casa de Los Austrias en España, aclaremos que tras la muerte de su abuelo Maximiliano I, asumirá también la corona como emperador del Sacro Imperio Romano – Germánico como Carlos V.
Solo con 19 años, su inmensa herencia comprendía los territorios de Austria, Estiria, Carniola, Corintia y el Tirol, La Corona de Castilla, Las Indias, la Corona de Aragón con Nápoles, Cerdeña y Sicilia, el ducado de Borgoña, es decir los países bajos, el Artois y el Franco Condado, región ubicada al Este de Francia. Podríamos decir que aunque el imperio había extendidose por el mundo, comienza en este periodo su lenta declinación.
Las guerras con el Imperio Otomano, la lucha contra el protestantismo, las intrigas contra los Valois (dinastía que ocupo el trono de Francia desde 1328 hasta 1589) por el dominio de Italia y otras regiones occidentales, mas adelante las guerras contra los musulmanes, y el conflicto con Inglaterra que duro 19 años. La guerra en 1635 con Francia, la nueva guerra con los países bajos que habían pasado unos años de tregua entre otras conflictos pusieron al borde del abismo al Imperio. La caída de la monarquía la llevaría en sus espaldas Carlos II el último Habsburgo español, al reconocer la independencia de Portugal y el levantamiento de Napoleón Bonaparte asestarían el golpe de gracia, que aun agonizante se extendería hasta el final del siglo XVII.
El ultimo emperador del Sacro Imperio Romano – Germánico fue Leopoldo II que ocupo el trono bajo el nombre de Francisco II quien reino como tal desde 1792 hasta 1806, finalmente paso a ser Emperador de Austria titulo que continuaría en sus descendientes hasta la derrota de los Imperios Centrales (Alemania, Austria, Hungría y sus aliados Turquía Otomana y Bulgaria) pero esta concepción de territorios hace solo a una localización geográfica; el Imperio Austro – Húngaro, ejercido por la familia Habsburgo llego al final con Carlos I de Austria y Carlos IV rey de Hungria, quien tras ser destituido se refugia en la isla de Madeira en Portugal en 1922, solo un año antes había intentado volver a retomar el poder en dos ocasiones pero no tuvo el valor ni el apoyo suficiente. El mundo ya había virado hacia otro destino.
Bien habíamos dicho que con la ascensión de Napoleón, el Imperio comienza su lento derrumbe, es por 1809 que aparece en escena un personaje nacido en Austria el Conde Clemens Von Matternich (1773 – 1859) político y diplomático, que cambiaria la historia gracias a su habilidad y astucia política pues viendo el avance de los ejércitos napoleónicos sobre Austria planea un cese de hostilidades y acuerda el matrimonio de Maria Luisa, Archiduquesa de Austria con Napoleón Bonaparte, esta era solo una tregua pues buscaba el instante oportuno para reanudar la guerra contra Francia. Solo dos años le llevaría formar una coalición en toda Europa para derrotar a Napoleón en lo que se conoció como el Congreso de Viena, es aquí entonces cuando Viena se convierte en la ciudad más importante de la cultura del mundo. Aunque el Imperio fija sus límites territoriales reduciéndose, continúa siendo el más significativo de Europa. Englobaba pues el centro así como buena parte de Italia, regiones de Hungría, Eslovaquia, Croacia.
Ya hacia el final de la 1ra guerra mundial la cultura ejercida por la ciudad de Viena, mas el ensamble del imperio a otras partes de Europa por ejemplo los alemanes en los Balcanes y el recurso de la educación como base generalizado por Viena, lleva a una suerte de realización al resto de Europa.
Hay que decir que intelectuales como Elias Canetti,(1905 – 1994) originario de los Balcanes,(Bulgaria) Premio Nobel de literatura en el año 1981 se forma en el clima cultural de Viena. Así lo afirma el propio autor en sus dos volúmenes de carácter autobiográfico. El gran critico literario y político Karl kraus (1874 – 1936) nacido en Gitschin, Bohemia. También él pasa por la experiencia vienesa del hombre y su devenir, sus trabajos como, Moralidad y Criminalidad de 1908, Juicio Mundial de 1919 entre otros hablan a las claras de la preponderancia e influencia de Viena en este periodo ya de completa decadencia del Imperio.
La mayoría de las personas que han contribuido a convertir a Viena en un prodigio cultural produjeron una gran promoción socio - económica. Posibilitando la grandeza de Europa Central. Personalidades como Sigmund Freud, (1856 – 1939) el padre de la psicología. Teodhor Herzl (1860- 1904) periodista educado en el imperio Austro -Húngaro, fundador del Sionismo (doctrina que propone la reunión en un estado libre e independiente a los judíos de la diáspora y su establecimiento en Palestina).Los genios de la música como Brahms de origen alemán (1833 – 1897) y Malher (1860 – 1911) el afamado compositor y director austriaco y también del celebre artista Oskar Kokoschka (1886 – 1980). El arquitecto Josef Hofmann (1870 – 1956) uno de los mas importantes de su tiempo, fundador de los Talleres Vieneses que ejercieron una gran influencia en el diseño industrial del siglo XX. Estas son solo algunas de las personas sensibles de Viena, que con su talento e influencia llevaron a su máximo potencial a este pequeño lugar del mundo.
Indudablemente existe una gran contradicción, pues la preponderancia de Viena sucede con la decadencia y desintegración del imperio, de ahí la elegante explicación de los historiadores del arte del porque de la psicología para la comprensión de la histeria nerviosa por la cual se produce la declinación dramática y traumática del imperio que en realidad emana de la elite cultural .La 1ra de las cosas terribles que enfrenta el imperio, sucede en 1859 por la división de las provincias mas importantes hasta completar la totalidad del norte de Italia, es decir La Lombardia, Milán, La Toscana, Florencia, Parma y Modena. Sin embargo a pesar de los insidiosos tiempos y derrotas, se reafirma por casi una década su preponderancia educacional y cultural como ninguna otra en el mundo. En segundo lugar ya hacia 1873 cuando se planea una gigantesca exposición universal, destinada a atraer hacia Viena toda la admiración del mundo civilizado, sale a luz la decadencia en la administración del Estado, que hasta ese momento era bien escondido, no obstante cuando dicha exposición no alcanza el éxito esperado, se conoce el estallido de un tremendo déficit económico que hace que los banqueros y poderosos entrañen en la especulación, el desastre ya estaba engendrado de ante mano, produciéndose una fuerte depresión y que desde Viena su epicentro se expande a toda Europa repercutiendo hasta en el sur de EE.UU.
Bibliografía: Vienne, Antón Schroll – 1963/ Critique, Viene Début d’ un Sìecle – 1975/
Politique et Culture – Ives Thoraval – 1983/ Michael Pollack, Vienne 1900 -1984/ Vienne, Historisches Museum – 1985/
Traducción del Francés: Serggio D. Oros
Quien puede pasar inadvertido por sus parques repletos de monumentos, sin dejar de sentirse anonadado por un lugar que fue alguna vez la capital mas importante del mundo de la cultura, del arte, especialmente de la música Mozart, Brahms, Mahler caminaron sus calles, allí se inspiro Schubert mirando los bosques solitarios y soñando con cielos que no se parecían sino a la distancia, para descubrir la anticipación del amor, donde Straus El Joven con sus valses vieneses derrumbo todas las barreras del tiempo haciendo primero que los príncipes y nobles vivieran en dentro de un sueño de belleza inalcanzable y que después se hizo parte de cualquier corazón dispuesto a descubrir las emociones.
No hay ciudad que posea más museos, mas galerías de arte, no hay quien no haya pensado en su nombre sin pensar también en un Oskar Kokoschka, un Gustav Klimt esos artistas, donde se resumieron todas las fuerzas de la creación y resultaron ser nada mas que el lado oculto de una marea, de un sentido de la belleza que es un compás que hace círculos por lo mejor de la vida, en fin Viena es el nombre no solo de una ciudad declarada patrimonio de la humanidad, sino que oculta la historia de la cultura menos imaginada, y que sin embargo no podemos dejar de saber como se hizo a si misma, no podemos dejar de sentir, de tocar porque allí digamos que nace por primera vez el esplendor del espíritu humano en toda su magnificencia.
No podemos hablar de arte sino hacemos primero un recorrido por el carácter y la historia de sus más grandes acontecimientos. Estas notas le ayudaran al lector a vislumbrar la preponderancia del arte en ciertos lugares de la tierra, que personalmente creo se debió principalmente a una tradición milenaria que a través de sus gobernantes (nobles condescendientes) le dieron la mayor preeminencia a sus Instituciones Culturales, porque sabían que allí estaba la clave de la elevación del pensamiento, lógicamente también hay que establecer una visión acerca de la cultura de elite que imperaba en esta época y sus virtudes y defectos pero eso lo haremos mas adelante, ahora nos limitaremos a develar como se produce una interacción entre la influencia de una ciudad fastuosa y sus habitantes que termino impactando de lleno con la grandiosidad de sus artistas, y como estos a la vez elevaran dicho concepto a través de sus individualidades que deslumbraran al mundo; pero esta noción solo puede ser entendida ahondado en su historia e idiosincrasia.
Para comprender las características únicas de la cultura de Viena, hay que partir de los primeros decenios de la misma. Para ello hay que remontarse a la primera historia de la antigua ciudad, dividida en dos ciclos.
Después de tiempos inmemoriales, la primacía de la cultura es recién puesta a luz por los Habsburgos, familia unida al Sacro Imperio Romano – Germánico (1438 – 1806) también a la Monarquía Hispánica (1516 – 1700) que reino por ultimo en Austria desde (1279 – hasta 1918). Esta familia es originaria de Suabia, que toma su nombre de los Suevos, pueblo que ocupo en un principio la provincia romana de la Gallaecia. Suavia fue un ducado medieval que ocupaba el suroeste de Alemania, en lo que hoy se conoce bajo el nombre de Baden – Wurttemberg, la región se extendía en partes de Baviera y Suiza.
Precisamente esta familia se establece en Suiza y su nombre deriva del Castillo de Habsburgo en Argovia, construido por el dignatario eclesiástico, Werner cuyo sobrino será el primer conde de Habsburgo.
Es en el siglo XVI tras la muerte de Felipe El hermoso y Juana, La Loca, que asume el trono el hijo de ambos, que será conocido como el Rey Carlos I, inaugurando La Casa de Los Austrias en España, aclaremos que tras la muerte de su abuelo Maximiliano I, asumirá también la corona como emperador del Sacro Imperio Romano – Germánico como Carlos V.
Solo con 19 años, su inmensa herencia comprendía los territorios de Austria, Estiria, Carniola, Corintia y el Tirol, La Corona de Castilla, Las Indias, la Corona de Aragón con Nápoles, Cerdeña y Sicilia, el ducado de Borgoña, es decir los países bajos, el Artois y el Franco Condado, región ubicada al Este de Francia. Podríamos decir que aunque el imperio había extendidose por el mundo, comienza en este periodo su lenta declinación.
Las guerras con el Imperio Otomano, la lucha contra el protestantismo, las intrigas contra los Valois (dinastía que ocupo el trono de Francia desde 1328 hasta 1589) por el dominio de Italia y otras regiones occidentales, mas adelante las guerras contra los musulmanes, y el conflicto con Inglaterra que duro 19 años. La guerra en 1635 con Francia, la nueva guerra con los países bajos que habían pasado unos años de tregua entre otras conflictos pusieron al borde del abismo al Imperio. La caída de la monarquía la llevaría en sus espaldas Carlos II el último Habsburgo español, al reconocer la independencia de Portugal y el levantamiento de Napoleón Bonaparte asestarían el golpe de gracia, que aun agonizante se extendería hasta el final del siglo XVII.
El ultimo emperador del Sacro Imperio Romano – Germánico fue Leopoldo II que ocupo el trono bajo el nombre de Francisco II quien reino como tal desde 1792 hasta 1806, finalmente paso a ser Emperador de Austria titulo que continuaría en sus descendientes hasta la derrota de los Imperios Centrales (Alemania, Austria, Hungría y sus aliados Turquía Otomana y Bulgaria) pero esta concepción de territorios hace solo a una localización geográfica; el Imperio Austro – Húngaro, ejercido por la familia Habsburgo llego al final con Carlos I de Austria y Carlos IV rey de Hungria, quien tras ser destituido se refugia en la isla de Madeira en Portugal en 1922, solo un año antes había intentado volver a retomar el poder en dos ocasiones pero no tuvo el valor ni el apoyo suficiente. El mundo ya había virado hacia otro destino.
Bien habíamos dicho que con la ascensión de Napoleón, el Imperio comienza su lento derrumbe, es por 1809 que aparece en escena un personaje nacido en Austria el Conde Clemens Von Matternich (1773 – 1859) político y diplomático, que cambiaria la historia gracias a su habilidad y astucia política pues viendo el avance de los ejércitos napoleónicos sobre Austria planea un cese de hostilidades y acuerda el matrimonio de Maria Luisa, Archiduquesa de Austria con Napoleón Bonaparte, esta era solo una tregua pues buscaba el instante oportuno para reanudar la guerra contra Francia. Solo dos años le llevaría formar una coalición en toda Europa para derrotar a Napoleón en lo que se conoció como el Congreso de Viena, es aquí entonces cuando Viena se convierte en la ciudad más importante de la cultura del mundo. Aunque el Imperio fija sus límites territoriales reduciéndose, continúa siendo el más significativo de Europa. Englobaba pues el centro así como buena parte de Italia, regiones de Hungría, Eslovaquia, Croacia.
Ya hacia el final de la 1ra guerra mundial la cultura ejercida por la ciudad de Viena, mas el ensamble del imperio a otras partes de Europa por ejemplo los alemanes en los Balcanes y el recurso de la educación como base generalizado por Viena, lleva a una suerte de realización al resto de Europa.
Hay que decir que intelectuales como Elias Canetti,(1905 – 1994) originario de los Balcanes,(Bulgaria) Premio Nobel de literatura en el año 1981 se forma en el clima cultural de Viena. Así lo afirma el propio autor en sus dos volúmenes de carácter autobiográfico. El gran critico literario y político Karl kraus (1874 – 1936) nacido en Gitschin, Bohemia. También él pasa por la experiencia vienesa del hombre y su devenir, sus trabajos como, Moralidad y Criminalidad de 1908, Juicio Mundial de 1919 entre otros hablan a las claras de la preponderancia e influencia de Viena en este periodo ya de completa decadencia del Imperio.
La mayoría de las personas que han contribuido a convertir a Viena en un prodigio cultural produjeron una gran promoción socio - económica. Posibilitando la grandeza de Europa Central. Personalidades como Sigmund Freud, (1856 – 1939) el padre de la psicología. Teodhor Herzl (1860- 1904) periodista educado en el imperio Austro -Húngaro, fundador del Sionismo (doctrina que propone la reunión en un estado libre e independiente a los judíos de la diáspora y su establecimiento en Palestina).Los genios de la música como Brahms de origen alemán (1833 – 1897) y Malher (1860 – 1911) el afamado compositor y director austriaco y también del celebre artista Oskar Kokoschka (1886 – 1980). El arquitecto Josef Hofmann (1870 – 1956) uno de los mas importantes de su tiempo, fundador de los Talleres Vieneses que ejercieron una gran influencia en el diseño industrial del siglo XX. Estas son solo algunas de las personas sensibles de Viena, que con su talento e influencia llevaron a su máximo potencial a este pequeño lugar del mundo.
Indudablemente existe una gran contradicción, pues la preponderancia de Viena sucede con la decadencia y desintegración del imperio, de ahí la elegante explicación de los historiadores del arte del porque de la psicología para la comprensión de la histeria nerviosa por la cual se produce la declinación dramática y traumática del imperio que en realidad emana de la elite cultural .La 1ra de las cosas terribles que enfrenta el imperio, sucede en 1859 por la división de las provincias mas importantes hasta completar la totalidad del norte de Italia, es decir La Lombardia, Milán, La Toscana, Florencia, Parma y Modena. Sin embargo a pesar de los insidiosos tiempos y derrotas, se reafirma por casi una década su preponderancia educacional y cultural como ninguna otra en el mundo. En segundo lugar ya hacia 1873 cuando se planea una gigantesca exposición universal, destinada a atraer hacia Viena toda la admiración del mundo civilizado, sale a luz la decadencia en la administración del Estado, que hasta ese momento era bien escondido, no obstante cuando dicha exposición no alcanza el éxito esperado, se conoce el estallido de un tremendo déficit económico que hace que los banqueros y poderosos entrañen en la especulación, el desastre ya estaba engendrado de ante mano, produciéndose una fuerte depresión y que desde Viena su epicentro se expande a toda Europa repercutiendo hasta en el sur de EE.UU.
Bibliografía: Vienne, Antón Schroll – 1963/ Critique, Viene Début d’ un Sìecle – 1975/
Politique et Culture – Ives Thoraval – 1983/ Michael Pollack, Vienne 1900 -1984/ Vienne, Historisches Museum – 1985/
Traducción del Francés: Serggio D. Oros
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